El muchacho maldijo, se levantó furioso y
tiró la banqueta de una patada. £1 hombre de
pelo cano, al hablarle, miraba en la camiseta, con
la inscripción Iron Maiden, el espectro monstruoso que con las manos sujetaba los extremos
de un cable de alta tensión y relampagueaba por
los ojos. El pelo del espectro era muy largo y de
un blanco de nieve.
¿Qué haces? ¡Pon la banqueta derecha!
Estaban viendo el partido televisado. El
rival había metido el gol del empate y así se alejaban las posibilidades de que el Deportivo de
Coruña se hiciera con el campeonato. Al fondo
de la cocina la madre palillaba* flores de encaje.
Aquel sonido industrioso pertenecía al orden
natural de la casa. Cuando no existía, se echaba
en falta.
La culpa es de él, dijo el muchacho con resentimiento,
¿De quién? También el hombre de pelo
cano se sentía molesto.
* Tejer encaje entrecruzando bolillos, una especie de palitos
torneados; se trata de un trabajo de artesanía tradicional de la
comarca coruñesa de Camarinas.
109¿De quién va a ser? ¡Mira que es burro!
¿Por qué le llamas burro? ¡No sabes ni de
qué hablas!
Estábamos ganando, estábamos ganando y
va y cambia un delantero por un defensa. Siempre
recula. ¿No te das cuenta de que siempre recula?
¿Está en el campo? Dime. ¿Está él en el
campo? ¿No hay ahí once tipos jugando? ¿Por
qué siempre le echáis a él la culpa?
¡Porque la tiene! ¿Por qué no quita a Claudio? ¿A ver? ¿Por qué no? íbamos ganando y va y
cambia a Salinas, ¡Todo al carajo!
¿No dices siempre que Salinas es un paquete?
Pero ¿por qué lo cambia por un defensa?
Los otros también juegan. ¿No te das
cuenta de que el contrario también juega? Éramos unos muertos de hambre. ¿Recuerdas que
éramos unos muertos de hambre? Estábamos en
el infierno y ahora vamos segundos. ¡No sé qué
coño queréis!
¡No me vengas con rollos! Tú eres igual que
él, dijo el muchacho haciendo en el aire una espiral con el dedo. Que si tal, que si cual. Cuidadito, prudencia. El fútbol es así, una complicación.
Rollo y más rollo.
Ya lloraréis por él. Recuerda lo que te
digo. ¡Acabaréis llorando por él!
El locutor anunció que se iba a cumplir el
tiempo. El arbitro consultaba el reloj. Luego se
vio en la pantalla el banquillo local y la cámara
110enfocó el rostro apesadumbrado del míster. El
hombre de pelo cano tuvo la rara sensación de
que estaba ante un espejo. Hundió la cabeza entre las manos y el entrenador lo imitó.
¡Jubílate, hombre, jubílate!
El hombre de pelo cano miró para el muchacho como si le hubiese disparado por la espalda. La madre dejó de palillar y eso causó el
efecto de una banda sonora de suspense.
¿Por qué dices eso?
El muchacho fue consciente de que estaba atravesando una alambrada de púas. La lengua
rozaba el gatillo como un dedo que le hubiera cogido gusto y que ya no obedecía las órdenes de la
cabeza.
Digo que ya es viejo. Que se largue.
Habían discutido mucho durante toda la
Liga, pero sin llegar al enfado. Ahora, por fin, el
asunto estaba zanjado. El hombre de pelo cano se
había quedado mudo, abstraído en algún punto de
la pantalla. La cámara buscó al arbitro. Este se llevó el silbato a la boca y dio los tres pitidos del final.
¡Ya está, se jodio todo! ¡A tomar por el culo!
¡En casa no hables así!, le reprendió la madre. Cuando apartaba los ojos cansados de los
alfileres de la almohadilla de bolillos, tenía la
sensación de que miraba el mundo por una celosía enrejada con punto de flor.
¡Hablo como me sale del carajo! El muchacho se fue dando un portazo que hizo pesta-
ñear la noche.
111El muchacho gobernaba ahora el motor y
el padre escrutaba el mar. Por el acantilado del
Roncudo de Corme, en la Costa da Morte, se
descolgaban los otros perceberos. Se acercaba la
última hora de la bajamar. Desde ese momento,
y hasta que pasara la primera hora de la pleamar,
cada minuto era sagrado. Ése era el tiempo en
que se dejaban pisar las Penas Cercadas, los temidos bajíos donde rompe el Mar de Fóra. Sólo
se aventuraban allí los perceberos versados, los
que saben leer el cabrilleo, las grafías que hace la
espuma en las rocas. Y como cormorán o gaviota, hay que medir el reloj caprichoso del mar.
El mar tiene muchos ojos.
Cada vez que se aproximaban a las Cercadas, el muchacho recordaba esa frase repetida
solemnemente por el padre en la primera salida,
como quien transmite una contraseña para sobrevivir. Había otra lección fundamental.
El mar sólo quiere a los valientes.
Pero hoy el padre iba en silencio. No le había dirigido la palabra ni para despertarlo. Golpeó con el puño en la puerta. Bebió de un trago el
café, con gesto amargo, como si tuviera sal.
El padre tenía otra norma obligada antes
de saltar a las Cercadas. Por lo menos durante
cinco minutos estudiaba las rocas y seguía el vuelo de las aves marinas. Una costumbre que él, al
principio, y cuando todo aparentaba calma, había
considerado inútil pero que aprendió a respetar
el día que descubrió lo que de verdad era un gol-
112pe de mar. El silencio total. El padre que grita
desde la roca que maniobre y que se aleje. Y de
repente, salido de la nada, aquel estruendo de
máquina infernal, de excavadora gigante. Trastornado, temblando, con la barca inundada por la
carga de agua, busca con angustia la silueta de las
Penas Cercadas. Allí, erguido y con las piernas
flexionadas como un gladiador, con la ferrada
dispuesta como lanza que fuera a atravesar el corazón del mar, estaba el padre.
Tantos ojos como el mar. Hoy el padre tiene
la mirada perdida. Él va a decir algo. Mastica las
palabras como un chicle. Oye, que. Ayer, no. Pero
el padre, de repente, coge la horquilla y la manga,
se pone de pie, le da la espalda y se dispone a saltar. Él sólo tiene tiempo de maniobrar para facilitarle la operación. Mantiene el motor al ralentí,
con un remo apoyado en la roca para defender la
barca. Aguarda las instrucciones. Un gesto. Una
mirada. Y es él quien grita: ¡vete con cuidado!
El mar está tranquilo. El muchacho tiene
resaca. Bebió y volvió tarde a casa, con la esperanza de que la noche hubiera limpiado todo lo del día
anterior, como hace el hígado con el licor barato.
Mojó las manos en el mar y humedeció los
párpados, apretándolos con la yema de los dedos. Al abrir los ojos, tuvo la sensación de que
habían pasado años. El mar se había oscurecido
* Lámina de hierro que se utiliza para coger percebes, mejillones o almejas. (N.delaT.)
113con el color turbio de un vino peleón. Miró al
cielo. No había nubes. Pero fue aquel silencio
contraído lo que lo alertó.
Buscó al padre. Incomprensiblemente, le
daba la espalda al mar. Gritó haciendo bocina
con las manos. Gritó con todas sus fuerzas, como
si soplara por una caracola el día del Juicio Final.
Atento a los movimientos del padre, se olvidó
por completo de gobernar la barca. Escuchó un
sonido arrastrado de bielas lejanas. Y entonces
llamó al padre por última vez. Y pudo ver que
por fin se volvía, afirmaba los pies, flexionaba las
rodillas y empuñaba la ferrada frente al mar.
El golpe pilló a la barca de costado y la lanzó como un palo de billarda contra las Cercadas.
Pero el muchacho, cuando recordaba, no sentía
dolor. Corría, corría y braceaba por la banda,
electrizado como el espectro de Iron Maiden.
Había esquivado a todos los contrarios, uno tras
otro, había metido el tercer gol en el tiempo de
descuento, y ahora corre por la banda a cámara
lenta, las guedejas flotantes, mientras los Riazor
Blues ondean y ondean banderas blanquiazules.
Corre por la banda con los brazos abiertos para
abrazar al entrenador de pelo cano.

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