CALISTO ENCUENTRA A MELIBEA

 

CALISTO.—En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios.

MELIBEA.—¿En qué, Calisto?

CALISTO.—En dar poder a natura para que te dotase de tan perfecta hermosura. Y en hacerme a mí tanta merced que verte pudiese en tan conveniente lugar, donde pueda manifestarte mi secreto dolor. Sin duda incomparablemente mayor es tal galardón que el servicio, sacrificio y obras pías que tengo ofrecido a Dios. Por cierto que los gloriosos santos que se deleitan en la visión divina no gozan más que yo ahora mirándote. Aunque diferimos en esto: ellos se glorifican sin temor de caer de tal bienaventuranza y yo recelo del tormento que me ha de causar tu ausencia.

MELIBEA.—¿Por gran premio tienes esto, Calisto?

CALISTO.—Téngolo por tanto, en verdad, que si Dios me diese en el cielo una silla sobre sus santos, no lo tendría por tanta felicidad.

MELIBEA.—Pues aún más igual galardón te daré yo, si perseveras.

CALISTO.—Bienaventuradas son mis orejas, que han oído tan gran palabra.

MELIBEA.—¡Desventuradas te parecerán cuando me acabes de oír, porque la paga será tan fiera cual la merece tu loco atrevimiento y la intención de tus palabras! ¿Un hombre como túha de tener ingenio para hacer perder la virtud a una mujer como yo? ¡Vete, vete de ahí, torpe, que no puede mi paciencia tolerar que te hayas atrevido a comunicarme tu ilícito amor!

 

CELESTINA MUESTRA SU ORATORIA

 

CELESTINA.—Señora, bien tendrás noticia en esta ciudad de un caballero mancebo, gentilhombre de clara sangre, que llaman Calisto…

MELIBEA.—Ya, ya, buena vieja, no me digas más; no pases adelante. ¿Ese es el doliente por quien has hecho tantas premisas en tu demanda, desvergonzada barbuda? De locura será su mal. ¡Quemada seas, alcahueta falsa, hechicera, enemiga de honestidad! ¡Jesús, Jesús, quítateme de delante, que no me has dejado gota de sangre en el cuerpo!

CELESTINA.— Tu temor, señora, me hace recibir enojo sin razón ninguna. Por Dios, señora, que me dejes concluir, que ni él quedará culpado, ni yo condenada. Si pensara, señora, que ibas a conjeturar nocibles sospechas, no hubiera osado hablarte en cosa que a Calisto ni a otro hombre tocase. MELIBEA.— Jesús, no oiga yo mentar más a ese loco saltaparedes, fantasma de noche, más

largo que una cigüeña. Ese es el que yo vi el otro día y comenzó a desvariar conmigo haciendo mucho del galán. Pues, dirasle, buena vieja, que si pensó que ya era todo suyo, que se aparte de este propósito, que le será más sano. Y tú da gracias a Dios que tan libre sales de esta feria. Bien me habían dicho quién eras y avisado de tus propiedades, aunque hasta ahora no te conocía.

CELESTINA.— Calisto necesitaría una oración, señora, que le dijeron que sabías de santa Polonia para el dolor de las muelas. Asimismo, tu cordón, que es fama ha tocado todas las reliquias que hay en

Roma y Jerusalén. Aquel caballero que dije, pena y muere del dolor de las muelas.

MELIBEA.— Si eso querías, ¿por qué luego no me lo dijiste en tan pocas palabras?

CELESTINA.— Señora, porque mi limpio motivo me hizo creer que no se había de sospechar

mal. Por Dios, que no me culpes. No seas como la araña que no muestra su fuerza sino contra los flacos animales. Mi oficio no es sino servir a los semejantes. De esto vivo y de esto me arreo. Nunca fue mi

voluntad enojar a unos por agradar a otros, aunque hayan dicho a tu merced otra cosa en mi ausencia. Al fin, señora, en toda la ciudad pocos tengo descontentos y con todos cumplo. ¡Y tan enfermo, señora, por Dios, está Calisto! Si bien le conocieses no le juzgarías tan mal. En franqueza, es Alejandro; en esfuerzo, Héctor; el gesto, el de un rey; es gracioso y jamás reina en él la tristeza. De noble sangre, como sabes, y gran justador. Pues si le vieras armado, es un san Jorge. Tanta fuerza no tuvo Hércules. Todo junto semeja ángel del cielo. Pero ahora, señora, tiénele derribado una sola muela, que jamás cesa de quejarse.

MELIBEA.—¿Y qué tiempo ha?

CELESTINA.—Podrá ser, señora, de veintitrés años.

MELIBEA.—Ni te pregunto eso, ni tengo necesidad de saber su edad, sino qué tanto ha que

tiene el mal.

 

MELIBEA CONFIESA SU AMOR

 

MELIBEA.—Amiga Celestina, mujer bien sabia y maestra grande, mucho has abierto el camino por donde te pueda especificar mi mal. Por cierto, tú lo pides como mujer bien experta en curar tales enfermedades. Mi mal es de corazón. La teta izquierda es su aposentamiento. Tiende sus rayos a todas partes. Lo segundo: es nuevamente nacido en mi cuerpo, que no pensé jamás que podía ningún dolor privar el seso como hace éste. Túrbame la cara, quítame el comer, no puedo dormir, ningún género de risa querría ver. La causa o pensamiento, que es la cosa final por ti preguntada, ésta no te sabré decir.

Porque ni muerte de deudo, ni pérdida de bienes temporales, ni sobresalto de visión, ni sueño desvariado, ni otra cosa puedo creer que fuese, salvo la alteración que tú me causaste con la demanda de aquel caballero Calisto, cuando me pediste la oración.

CELESTINA.—¿Cómo, señora, tan mal hombre es aquél, tan mal nombre es el suyo que en sólo ser nombrado trae consigo veneno? No creas que sea ésa la causa de tu sentimiento. Antes será otra que yo creo. Y si tú licencia me das, yo, señora, te la diré.

MELIBEA.—¿Cuál físico jamás pidió licencia para curar al paciente? Di, di, que siempre la tienes de mí, con tal que no dañes mi honra con tus palabras.

CELESTINA.—Veo, señora, que por una parte te quejas del dolor y por otra temes la medicina.

Tu temor me impone miedo; el miedo, silencio; y el silencio hace tregua entre tu llaga y mi medicina. Así que será causa de que ni tu dolor cese ni mi venida te aproveche.

MELIBEA.—¡Cómo me muero con tu hablar! Di, por Dios, lo que quisieres. Haz lo que supieres, que no podrá ser tu remedio tan áspero que iguale a mi pena y tormento. Aunque toque en mi honra, dañe mi fama, lastime mi cuerpo; aun cuando suponga romper mis carnes para sacar mi dolorido corazón, te doy fe de ser segura. Y si siento alivio seréis bien galardonada.

CELESTINA.—Pues lo primero es traer más clara medicina y más saludable descanso de casa

de aquel caballero… Calisto.

MELIBEA.—¡Calla, por Dios, madre! No traigan cosa de su casa para mi provecho ni le nombres aquí. ¡Oh, por Dios, que me matas! ¿No te tengo dicho que no me alabes a ese hombre,

ni me le nombres en bueno ni en malo?

CELESTINA.—Señora, este es otro y segundo punto. Si tú con tu mal sufrimiento no lo consientes, poco aprovechará mi venida; pero si como prometiste lo sufres, tú quedarás sana y sin deuda y Calisto sin queja y pagado.

MELIBEA.—Tantas veces me nombrarás a ese caballero que no baste ni mi promesa ni la fe que te di a sufrirlo. ¿De qué ha de quedar pagado? ¿Qué le debo yo a él? ¿Qué le soy a cargo? ¿Qué ha hecho por mí? ¿Por qué es necesario para curar mi mal? Más agradable me sería que rasgases mis carnes y sacases mi corazón.

CELESTINA.— El amor se metió en tu pecho sin romperte las vestiduras. No rasgaré yo tus carnes para curarle.

MELIBEA.—¿Cómo dices que llaman a mi dolor, que se ha enseñoreado de lo mejor de mi cuerpo?

CELESTINA.—Amor dulce.

MELIBEA.—Eso dime qué es, que en sólo oírlo me alegro.

CELESTINA.—Es un fuego escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, una dulce amargura, una delectable dolencia, un alegre tormento, una dulce y fiera herida, una blanda muerte.

 

LA CITA ENTRE CALISTO  Y MELIBEA

 

CALISTO.—Vencido me has con el dulzor de tu suave canto. No puedo más sufrir tu penado

esperar. ¡Oh mi señora y mi bien todo!

MELIBEA.—¡Sabrosa traición, dulce sobresalto! ¿Es el señor de mi alma? No lo puedo creer.

¿Dónde estabas, luciente sol? ¿Dónde me tenías tu claridad escondida? ¿Hacía rato que escuchabas? ¿Por qué me dejabas echar palabras sin seso al aire con mi ronca voz de cisne? Este huerto todo se goza con tu venida. Mira la luna cuán clara se nos muestra. Mira las nubes cómo huyen. Oye la corriente agua de esta fontecica por entre las frescas hierbas. Escucha los altos cipreses cómo se dan la paz unos ramos a otros por intercesión de un templadico viento que los menea. Mira sus quietas sombras cuán oscuras están y aparejadas para encubrir nuestro deleite.

CALISTO.—Pues, señora y gloria mía, no cese tu suave canto.

MELIBEA.—¿Qué quieres que cante, amor mío? ¿Cómo cantaré, que tu deseo era el que regía mi son y hacía sonar mi canto? Pues conseguida tu venida, desapareció el deseo y se destempló el tono de mi voz. Y pues tú, señor, eres el dechado de cortesía y buena crianza, ¿cómo mandas a mi lengua hablar y no a tus manos que estén quedas? ¿Por qué no olvidas estas mañas? Mándalas estar sosegadas y dejar su enojoso uso y conversación incomportable. Cata, ángel mío, que así como me es agradable tu vista sosegada, me es enojoso tu riguroso trato. Tus honestas burlas me dan placer, tus deshonestas manos me fatigan cuando pasan de la razón. Holguemos y burlemos de otros mil modos que yo te mostraré. No me destroces ni maltrates como sueles. ¿Qué provecho te trae dañar mis vestiduras?

CALISTO.—Señora, el que quiere comer el ave primero le quita las plumas. No hay otra cosa para mí sino tener tu cuerpo y belleza en mi poder. Jamás querría señora que amaneciese, según la gloria y

descanso que mi sentido recibe de la noble conversación de tus delicados miembros.

MELIBEA.—Señor yo soy la que gozo; yo, la que gano. Tú, señor, el que me haces con tu visita

incomparable merced.

SOSIA.— (dentro) ¿Así, bellacos rufianes, venís a asombrar a los que no os temen? Pues yo juro

que si esperáis yo os hiciera ir como merecéis.

CALISTO.—Señora, Sosia es aquel que da voces. Déjame ir a valerle, no le maten. Dame presto

mi capa, que está debajo de ti.

MELIBEA.—Triste de mi ventura, no vayas allá sin tus corazas. Ármate.

CALISTO.—Señora lo que no hacen espada, capa y corazón, no lo harán corazas.

SOSIA.—(dentro) ¿Aún tornáis? Esperadme, quiza venís por lana y…

CALISTO.—Déjame, por Dios, señora; que puesta está el escala.

 

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