TIEMPO, CALMA Y SILENCIO.- Laura gallego

 

Llego con retraso, lo sé. No es sólo a causa del mal tiempo, es que me ha costado Dios y ayuda encontrar este lugar, a pesar de que las indicaciones parecían claras y precisas. Me pasé el desvío, y mira que lo andaba buscando. O, mejor dicho, andaba buscando una carretera, no un camino de cabras cerrado por una valla y casi comido por la vegetación. La lluvia no ha facilitado las cosas tampoco. No es una tormenta ni nada parecido, sólo una lluvia fina e incómoda. Pero la humedad cala hasta los huesos, las nubes son bajas y de un color gris plomizo, y hay bastante niebla. Un día encantador, vaya.

Esto no va a afectar a mi valoración de la finca. Tengo demasiada experiencia en este trabajo como para dejarme desanimar por un día tristón. Sé de sobra que tarde o temprano saldrá el sol, simplemente hay que tener un poco de imaginación y visualizar el lugar con un poco menos de humedad y un poco más de colorido.

Por el momento, sí parece claro que habría que despejar la maleza del camino. Mi vehículo avanza lenta y pesadamente, aunque eso se debe también al barro que se pega a las ruedas. También sería necesario asfaltar esto y convertirlo en una carretera decente. Demasiados cambios, y ni siquiera he visto la casa todavía.

Tuerzo a la derecha y de pronto la finca aparece ante mí, oscura y lúgubre, como todas las casas antiguas un día de lluvia. A simple vista parece más grande de lo que imaginaba, y está bastante bien conservada. En esto, la agencia no me engañó: las fotos eran actuales.Aparco el coche frente a la entrada, al lado de un Mégane de color vino y una furgoneta gris. Como suponía, me estaban esperando.

Bajo del coche, me echo sobre la cabeza la capucha del abrigo y me dirijo a paso ligero hasta el porche, donde me esperan dos hombres. A uno lo conozco. Es Mario Aguilar, el de la agencia. Un tipo joven y entusiasta, pero bastante competente. El otro rondará los cuarenta y muchos, y es un individuo bajo y corpulento, que está empezando a quedarse calvo. Parece muy nervioso. Supongo que no se siente a gusto con la idea de vender una propiedad que ha pertenecido a su familia durante tantas generaciones. De todas formas, en la agencia me dijeron que no soy el primero al que se la enseñan.

—Señor Correa —saluda Aguilar alegremente, estrechándome la mano con energía—. ¿Le ha costado encontrar el sitio?

—Un poco, sí —reconozco—. La carretera está bastante escondida.

Centro mi atención en el dueño de la casa, que se presenta como Pedro Gutiérrez.

—Daniel Correa —respondo—. Un placer.

—¿Entramos?

Realizamos con cierta rapidez la visita de rigor. No porque no haya nada que ver, sino porque yo sé exactamente qué es lo que estoy buscando. Para cuando bajamos de nuevo al vestíbulo, me he hecho una idea bastante precisa de la situación.

Es una casa grande y bien distribuida. Ya lo sabía por los planos, pero me ha gustado ver que las habitaciones tienen el tamaño adecuado, ni muy grandes, ni muy pequeñas. Hay un cuarto de baño en cada planta, el salón es lo bastante grande como para instalar un pequeño comedor y la chimenea está en buen estado. La casa tiene un serio problema de cañerías, como era de esperar, pero nada que no pueda arreglarse. Lo cierto es que es exactamente lo que estaba buscando.

—¿Y bien? —sonríe Aguilar—. No todos los días se encuentran fincas de esta antigüedad y tan bien conservadas, ¿no es cierto?

—No —reconozco—. Pero aun así, habría que poner calefacción central, cambiar las cañerías, reformar la cocina y los baños, restaurar las baldosas de los suelos, renovar todo el mobiliario… ah, y arreglar el tejado: tiene goteras.

—Nada que no haya que reformar en cualquier finca de estas características, como ya sabrá usted —replica Aguilar, impertérrito—. Si lo desea, podemos darle un margen de un par de días para pensarlo; pero ya hay otras personas interesadas en visitar la propiedad.

Lo dudo mucho, pero le sigo el juego y adopto una expresión poco convencida.

—Parece que ya no llueve —prosigue Aguilar, echando un vistazo por la ventana—, pero el cielo está cada vez más oscuro. Más vale que aprovechemos para marcharnos ahora, no sea que nos pille el chaparrón. Reacciono.

—¿Ya? Si sólo hemos visto la casa. Me interesa visitar también la parcela. Veinte hectáreas, según la información que me facilitó.

Gutiérrez, que ha permanecido callado como un muerto durante toda la visita, da un respingo.

—¿La parcela? —repite, receloso—. ¿Para qué quiere verla?

Me esfuerzo por no mirarlo como si fuera tonto.

—Porque estoy interesado en adquirir toda la propiedad, no sólo la casa —le explico pacientemente.

—Bueno, pero hace un mal día, y estará todo el suelo embarrado —replica Gutiérrez, cada vez más nervioso.

—Llevo calzado adecuado —contesto, señalando mis botas de montaña.

—Ahí no hay nada que ver. Sólo hay un bosque, y ya está.

—¿Un bosque? —repito, lanzando una mirada de reproche a Aguilar; no me había contado que la parcela contenía terreno forestal.

—Sí, y bastante tupido —asiente Gutiérrez, animado por mis dudas—. No vale la pena adentrarse en él.

—Bueno, pero aun así quiero verlo. Necesito saber si podría contar o no con ese terreno.

—¿Por qué? ¿Qué es lo que quiere hacer con él?

—Bueno, depende de lo grande que sea la superficie aprovechable, y de cómo esté distribuído. Pero, de entrada, necesitaría un pequeño parking y una piscina. Y si es posible, una zona de juegos infantiles.

—¿Una piscina? No sabía que las casas rurales tuvieran piscina.

—Las mías sí la tienen.

Estoy empezando a impacientarme. No quiero que se me note demasiado que hace tiempo que le tengo echado el ojo a esta región, y que por el momento esta es la única casa que me convence, de todas las que he visto. Normalmente el juego consiste en que ellos intentan venderme la casa, y yo remoloneo y pongo pegas para que mejoren la oferta. Me resulta extraño que sea el dueño el que ponga pegas. Me obliga a mostrar interés, y eso no es bueno.

—Vayamos a echar un vistazo —interviene Aguilar, oportunamente—. Si no le apetece salir, señor Gutiérrez, puede esperarnos aquí; no tardaremos.

Gutérrez reacciona.

—No, no —se apresura a responder—. Voy con ustedes.

Salimos de nuevo al porche y rodeamos la finca. Echo un vistazo a los alrededores. El paisaje es impresionante, un paraíso del senderismo y los deportes de montaña. Ninguna de las casas de campo que he visitado por aquí está tan alejada de la civilización y a la vez tan bien conservada como ésta. Sería una pena desaprovechar el terreno que la rodea. Ya había hecho cálculos antes de venir y, además de todo lo que le he dicho a Gutiérrez, también había añadido por mi cuenta un pequeño camping y un picadero para poder ofrecer a nuestros clientes un servicio de paseos a caballo. Veinte hectáreas dan para todo eso, y aún sobra espacio.

La visión de la propiedad de la finca echa por tierra mis cábalas. El dueño tiene razón: tras la cancela que da paso al terreno adyacente se extiende un verdadero bosque, denso y salvaje. Para que un bosque pueda crecer de esta manera tienen que haberlo descuidado durante décadas. No me explico cómo han desaprovechado así semejante espacio.

—Puf… —resoplo—. Un buen bosque, sí señor. ¿Por qué no me dijeron que se trataba de un terreno forestal?

Aguilar interviene, raudo:

—Es terreno forestal, pero todos los permisos están ya en regla. Por lo visto, hace tiempo que los dueños pensaban arreglar todo esto, aunque por alguna razón abandonaron el proyecto. —Mira a Gutiérrez, que asiente con la cabeza, confirmando sus palabras—. Por lo menos, le ahorraron el papeleo.

—Aun así, será complicado aprovechar el terreno. Talarlo y desbrozarlo todo costará un dineral.

—¿Talarlo? —La voz de Gutiérrez suena de pronto como el chillido de un ratón—. ¡Pero no puede hacer eso! Quiero decir… que el bosque siempre ha estado aquí, es parte de la herencia familiar…

—… pero, si no me equivoco, su familia está dispuesta a desprenderse de esa herencia, ¿no? De lo contrario, no estaríamos hoy aquí.

Gutiérrez deja caer los hombros.

—Sí, pero… en fin, contábamos en que dejarían la parcela como está.

—Así no me sirve para nada, ¿sabe? Si finalmente decido adquirir la finca, será porque voy a remodelar todo esto. Si fuera un bosque un poco menos… impenetrable, por así decirlo, se podrían acondicionar rutas para que la gente pasease. Pero desde aquí no se aprecia ni un mísero sendero. Es curioso que lo que hay tras la valla de la finca sea más agreste que el paisaje que la rodea.

Gutiérrez desvía la mirada, pero no dice nada. Aguilar agita el juego de llaves de la finca.

—¿Quiere pasar a echar un vistazo?

—No, déjelo. No sabría por dónde empezar. Llevo calzado de montaña, pero ahí detrás no hay ni sitio para poner los pies, con tanta vegetación.

Gutiérrez murmura algo entre dientes. Ha sonado como “A ella le gusta así”, pero no puedo estar seguro. Es un tipo un poco raro.

—Bien —asiente Mario, guardándose las llaves en el bolsillo de la parka—. En tal caso, creo que está todo visto, ¿no?

Regresamos al porche y nos detenemos allí para despedirnos. Las formalidades de siempre. Estaremos en contacto, ya le llamaré, gracias por venir… Nos estrechamos las manos y cada cual se dirige hacia su vehículo.

Cuando ya estoy insertando la llave en el contacto, oigo que me llaman:

—¡Señor Correa!

Me detengo y bajo la ventanilla. Es Gutiérrez. Parece aún más nervioso de lo normal. Mira hacia todos lados y se pasa la lengua por los labios antes de decir, en un rápido susurro:

—Si finalmente decide comprar la casa, deje el bosque como está.

—Si tanto le gusta el bosque, ¿por qué no conserva la propiedad?

Me responde con una breve risa sardónica.

—Señor Correa, no lo entiende… el bosque es la única razón por la cual queremos desprendernos de la propiedad. Por eso, hágame caso. Respete la zona que hay al otro lado de la cancela. Déjela en paz, y ella no le causará problemas.

—¿Ella? —repito.

—Por su propio bien, señor Correa.

—¿Es una amenaza?

—Más bien una advertencia.

Dejo escapar un suspiro exasperado. Gutiérrez se despide con un gesto y se encamina hacia su vehículo. Definitivamente, o es muy raro o está mal de la cabeza.

 

                 De vuelta al hostal, escribo frenéticamente en una libreta que siempre llevo conmigo. Tengo que consultarlo con mis socios, porque acondicionar el terreno de la finca costará tiempo y mucho dinero, pero creo que valdrá la pena la inversión. Si, como dice el de la agencia, todas los permisos están en regla, podríamos empezar a talar el bosque casi de inmediato. Llevado por el entusiasmo, empiezo a tomar notas sobre el plano de la finca, señalando en la parcela el lugar donde podrían situarse la piscina, el parking, el picadero… Luego, entre mis socios y el arquitecto lo cambiarán todo de sitio, pero me da igual.

El timbre del móvil me interrumpe. Alargo la mano para cogerlo mientras echo un vistazo por la ventana. Fuera llueve a cántaros.

—¿Diga?

—¿Señor Correa? Soy Mario. Quería pedirle disculpas por el comportamiento del dueño esta tarde, es…

—…Es un poco paranoico. ¿Qué es lo que pasa con ese terreno?

—No lo sé muy bien. Es una especie de leyenda local, dicen que allí vive alguien… una mujer, o un espíritu, no lo sé.

—¿Un fantasma? —He oído historias semejantes a lo largo de mi carrera profesional; casi todas las fincas rurales con más de cien años de antigüedad arrastran tras de sí alguna historia de fantasmas.

—No exactamente…, bueno, no le haga caso. Usted sabe que sólo son supersticiones y que, una vez que firme la escritura, podrá hacer lo que quiera con ese terreno.

Cómo me ha calado, el cabrito. Sabe que me tiene en el bote.

—Sí, bueno…, aun así, no es un espacio muy cómodo para trabajar, con superstición o sin ella. Demasiados árboles para mi gusto.

—Lo comprendo, señor Correa. Pero es normal que haya árboles en un lugar como éste. Estamos hablando de uno de los pocos paraísos naturales que se conservan casi intactos en nuestro país.
Demonios, tiene razón, y lo sabe. Y sabe que yo lo sé.

 

Alea iacta est, pienso mientras contemplo a los obreros tomar posesión de la casa. Hoy luce un sol magnífico; es un tiempo muy diferente al del día en que vi la finca por primera vez, hace apenas cinco semanas. Me aguardan unos meses llenos de trabajo intenso y grandes proyectos, pero sigo pensando que vale la pena y que, cuando la casa rural esté completamente acondicionada, con una publicidad adecuada funcionará desde el principio. La gente amante de la montaña se muere por veranear en sitios como éste.

Paseo en torno a la casa, mientras oigo las voces de los obreros y el escándalo que arman al desparramar sus herramientas por las habitaciones. Música para mis oídos.

Mis pasos me llevan hasta la cancela que conduce al terreno del bosque. Sigue cerrada, como siempre. Ahora la llave que abre esa cerradura se halla en mi poder, pero no tengo prisa por internarme ahí. Todavía necesito tiempo para realizar los planos, obtener el equipo necesario y hablar con las personas adecuadas. El bosque será lo último que arregle en este lugar, pero terminaré haciéndolo. Las fotografías aéreas han revelado que su extensión es más pequeña de lo que parecía a simple vista, por lo que necesitaremos echar abajo todos los árboles , incluso en la zona del camping. Pero va a costar trabajo. Los árboles se apiñan unos contra otros y la maleza apenas deja huecos entre ellos, por no hablar del arroyo que cruza el bosque de parte a parte. De todas formas, en otras partes del planeta están despejando selvas enteras, por lo que no veo por qué mi pequeña parcela de terreno boscoso tendría que dar problemas.

Echo un vistazo al bosque a través de las rejas de la cancela. Nada se mueve, pero de pronto tengo la extraña sensación de que alguien me está observando, en silencio, receloso y a la vez expectante. Sacudo la cabeza. Imaginaciones mías.

 

—Caramba, sí que ha cambiado esto desde la última vez que vine —dice Alicia.

—Te has dado prisa, ¿eh? —sonríe Alfredo.

—No había mucho que hacer, en realidad —respondo, conduciéndoles hasta el salón, donde ya arde un alegre fuego—. Ya visteis que estaba bastante bien conservada.

Mis socios y yo tomamos asiento en torno a la chimenea. Hace frío fuera, pero nuestra nueva casa rural es cálida y acogedora, es espaciosa y al mismo tiempo entrañable, es añeja y a la vez moderna. Sé que he hecho un buen trabajo, y estoy orgulloso de ello.

—Casi que podríamos inaugurarla ya, ¿no?

—No está terminada todavía —me apresuro a responder.

—Ya lo sé, pero pronto llegará la primavera, y si podemos aprovecharla esta temporada…

—Nadie va a necesitar la piscina todavía —añade Alfredo—. Sé que es lo último que pensabas hacer, y que por eso la parcela todavía sigue igual que cuando compramos la finca, pero si nos esperamos a que termines la obra se nos va a echar el verano encima.

Muevo la cabeza.

—Obras y ruidos —les recuerdo—. No es una buena tarjeta de presentación. La gente viene aquí a descansar: “Tiempo, calma y silencio”, ¿recordáis?

Es el lema de nuestra empresa, y nos gusta que no sea simplemente un señuelo publicitario. Alicia suspira. Alfredo parece preocupado. Es normal, esta finca ha supuesto una inversión importante. Pero saben que tengo razón.

No es éste el único motivo por el cual no quiero inaugurar la casa todavía, pero no les voy a dar más detalles. De momento, no pienso contárselo a nadie.

La realidad es que llevamos varios días intentando abrir un sendero en el bosque, y no hay manera. Misteriosamente, la maleza vuelve a invadir el terreno despejado al día siguiente. Los operarios se impacientan, y en general todos nos sentimos como Sísifo, repitiendo la misma tarea una y otra vez.
Y lo peor no es eso, sino el hecho de que hay gente asustada. Por el amor de Dios, ¿cómo puede alguien asustarse de un pedazo de bosque? Y, sin embargo, es cierto, aunque me cueste admitirlo: ese lugar da mala espina.

Desde que trabajo aquí he traspasado la cancela un par de veces. En ambas ocasiones me costó mucho abrirme paso a través de la vegetación, y tuve la sensación, totalmente irracional, de que alguien me estaba vigilando. La segunda vez incluso me perdí. ¿Cómo puede uno perderse en un terreno tan pequeño? Si no fuera porque me parecía imposible, habría jurado que los árboles habían cambiado de sitio para cerrarme el paso.

No puedo contarles esto a mis socios, gente de ciudad que no tiene experiencia en trabajo de campo, como es mi caso. Aparte de que sonaría estúpido.

—Si te das prisa, puede que la piscina esté terminada para cuando empiece la temporada —está diciendo Alicia—. Y con respecto al picadero, no hace falta que esté en funcionamiento al principio, pero sí convendría que las instalaciones estuviesen finalizadas. Entonces podríamos inaugurar la casa el próximo mes de abril. Perderíamos marzo, pero de todas formas…

La conozco lo bastante como para saber que no es una sugerencia, sino una orden.

En fin. Esta tarde, en el calor acogedor de la casa, sentado junto al fuego con Alfredo y Alicia, todas mis dudas parecen banales. Lo bueno que tienen mis socios es que siempre aportan una buena dosis de pragmatismo y realidad a cualquier situación. Y fechas, citas y calendarios. Cuando estoy en zonas de montaña, donde parece que el tiempo no existe, me viene bien que me pongan plazos. Si no, se me pasarían los días sin sentir y sin hacer nada productivo.

Parece decidido, pues. Abriremos en abril, o como muy tarde, a primeros de mayo.

 

Me presento en la casa tres días después, antes que nadie, y me planto ante la cancela que separa el bosque de nuestra nueva casa rural. Le dirijo una larga mirada desafiante. Por favor, si son sólo un montón de árboles. ¿De qué tengo miedo?

Oigo entonces un coche que se acerca por el camino. Mis trabajadores han llegado ya.

En esta ocasión he traído el doble de personal, todos equipados con motosierras. Me quedo de pie, observando cómo trabajan, y cómo los árboles van cayendo, uno tras otro. Siento dentro de mi alma una especie de grito silencioso, un grito de dolor y de ira, y un escalofrío recorre mi espalda. No sé qué me pasa. Este lugar ejerce un extraño efecto en mí, me hace sentir incómodo, como si fuera el blanco de una mirada acusadora que se vuelve cada vez más y más hostil.

Regreso a la finca para supervisar a los jardineros que están trabajando en el patio delantero. Los conozco, han decorado para mí los jardines de otras dos casas rurales.

Estamos eligiendo el color de los rosales que van a plantar en la entrada cuando, de pronto, un horrible grito resuena por toda la propiedad. Nos quedamos de piedra un momento.

—Ha sido en la parte de atrás —dice alguien, y corremos todos, como un solo hombre, a ver qué está sucediendo.

Cruzamos la cancela y nos abrimos paso a través del bosque, saltando por encima de los troncos caídos, hasta el lugar donde siete de mis peones han formado un corro en torno al octavo. Se oyen exclamaciones de angustia y gritos de socorro. Cuando logro ver qué ha sucedido, se me hiela la sangre en las venas.

El trabajador yace en medio de un arbusto de ramas anormalmente finas y largas, como alambres, que se han enredado en torno a sus miembros, aprisionándolo. Una de ellas ha rodeado su cuello y lo ha estrangulado hasta matarlo.

                Un accidente, no fue nada más que eso. Un extraño y desafortunado accidente, pero un accidente, al fin y al cabo. Sin embargo, ha sido lo bastante desagradable como para que me haya quedado sin algunos de los miembros de mi equipo. He perdido un tiempo precioso buscando más trabajadores, pero no pienso retrasarlo más. Voy a acabar con ese maldito bosque de una vez por todas.

Hoy he puesto a todos a trabajar en ello, incluyendo a los jardineros. También yo colaboro. Los leñadores talan árboles, los demás desbrozamos el terreno con hoces y rastrillos, o retiramos los troncos caídos. Cuanto antes acabemos con esto, mejor.

Terminamos la jornada sin un solo accidente, habiendo despejado un terreno considerable, aunque hemos tenido que pelear a brazo partido contra la vegetación. Obstinadamente, la breña se resistía a dejarse arrancar, las sierras resbalaban sobre la madera húmeda, nuestros pies se hundían en el barro, pese a que hace semanas que no llueve. El bosque parece luchar por su supervivencia, o eso haría, si tuviera inteligencia. Pero no la tiene, y nuestra victoria en la batalla de hoy así lo demuestra.
Mientras regreso al pueblo, agotado, anoto mentalmente que he de invitar a Gutiérrez a darse un baño cuando la piscina esté terminada.

 

No es posible. No es posible. No es posible.

Los árboles no han vuelto a crecer de un día para otro, pero sí una densa capa de vegetación que habrá que desbrozar nuevamente. Pero eso no es lo peor.

El bosque ha invadido la finca, o al menos lo que podríamos considerar una especie de avanzadilla. Inexplicablemente, la hiedra ha cubierto los muros de la casa, han crecido plantas en los rincones, y la cocina, cuya ventana quedó abierta la noche interior, se ha visto asaltada por una planta trepadora que se ha extendido por buena parte del mobiliario. Y todo esto en una sola noche.

Es de locos. Ya era extraño que el jardín, tan cuidadosamente arreglado, se hubiera vuelto agreste de repente, con todos los macizos de flores creciendo sin control. ¿Pero cómo pueden haber crecido plantas en el interior de la casa?

Mi gente está inquieta, pero yo procuro mostrarme sereno y los pongo a trabajar a todos otra vez. Después de examinar la situación con más calma, decido que dejaré la hiedra donde está, porque le da un toque más rústico al edificio. Pero el jardín hay que retocarlo, y desde luego, la casa no se puede quedar así.

Paso el resto del día arrancando las malas hierbas que han crecido en los rincones de todas las habitaciones, Dios sabe cómo. Al atardecer, el jardín está más o menos decente y los peones han vuelto a desbrozar el terreno de bosque que habíamos despejado. Algunos están furiosos, y deciden pasar la noche en la casa, conmigo. Si es obra de algún gracioso, no va a volver a jugárnosla.

Encargamos unas pizzas y unas cervezas y nos sentamos en torno a la televisión para ver el partido. Mientras cenamos, no puedo evitar pensar en mi casa rural, en que está habitable y casi lista para ser inaugurada, y que lo único que lo impide es un bosque terco y rebelde. Aprieto los dientes. Me siento estúpido, y decido que no pienso rendirme ante un puñado de árboles.

Me centro en el partido y procuro desconectar de todo eso.

En el segundo tiempo, justo cuando nuestro equipo está atacando y nosotros los animamos a gritos, la pantalla de la televisión estalla de pronto en pedazos, con un violento chisporroteo. Nos quedamos mudos un instante, algunos nos hemos cubierto la cara por instinto. Cuando volvemos a mirar, la voz muere en nuestras gargantas. Lo que ha destrozado la pantalla del televisor es una rama que la ha atravesado con violencia, de parte a parte. Ha entrado por una ventana entreabierta, ha ensartado el aparato y ahora oscila ante nosotros, como una siniestra advertencia.
—Sabía que vendría —dice Gutiérrez con una media sonrisa.

No respondo, pero mis dedos tamborilean sobre la mesa, impacientes, mientras mi anfitrión pone la cafetera en el fuego.

—Le advertí que esto pasaría si no la dejaba en paz —dice Gutiérrez, sentándose frente a mí—. No quiso escucharme.

—Sólo es un bosque —replico—. ¿Quién está tan interesado en conservar un bosque? ¿Es una asociación ecologista, o algo parecido? Porque si es así, lo que están haciendo es algo completamente ilegal. No pueden boicotearme en mi propia finca. Ese terreno es propiedad de mi empresa, y usted sabe que tenemos permiso para construir ahí.

—No son ecologistas. O, al menos, no el tipo de ecologistas que usted conoce.

—¿Entonces…?

Gutiérrez me dirige una larga mirada.

—La criatura que le boicotea, como usted dice, solamente está tratando de defender su hogar. Usted también lo haría si alguien se empeñara en echar abajo su casa.

—¿Criatura? Disculpe, me he perdido.

Gutiérrez suspira y pasea la mirada por la habitación, sin duda pensando en cómo empezar.

—Hace siglos —dice entonces—, el mundo era un lugar distinto, cubierto de bosques, lleno de lugares recónditos jamás pisados por un ser humano. Y había seres que vivían en ellos, criaturas que se ocultaban de la mirada del hombre, para quienes las selvas y los bosques eran su reino, sus dominios. El avance de la civilización los ha ido diezmando rápidamente. A estas alturas, probablemente quedarán muy pocos como ellos en el mundo. El bosque de mi… perdón, de su finca, es el hogar, el postrero refugio, de uno de sus últimos vástagos. Mis antepasados pactaron con ella hace mucho tiempo. Pero verá, con el paso de los siglos se ha ido volviendo más y más recelosa y agresiva. No sé si es que su bosque se le queda pequeño, o es que sabe, de alguna manera, que los humanos hemos exterminado a su raza casi por completo. Mis hermanos y yo no nos sentíamos a gusto con esa criatura habitando en la propiedad familiar, aunque lo ha hecho durante generaciones, y por eso, a la muerte de mi padre…

—… se apresuraron a venderla. Pero aún no sé de qué me está hablando, señor Gutiérrez. Si no he entendido mal, hay alguien que habita en esa parcela de bosque, y esa mujer lleva allí desde hace… ¿siglos?

—Yo no he dicho que sea una mujer, señor Correa —replica Gutiérrez con una cansada sonrisa.

Parpadeo, desconcertado.

—¿Y entonces qué es? ¿Un animal?

—No sabría decirle. La tradición habla de algunos seres cuya descripción se aproxima a lo que habita en nuestra finca. Las leyendas del norte hablan de las xanas, jóvenes sobrenaturales que viven en los estanques, aunque la nuestra parece sentir preferencia por los árboles y los terrenos frondosos. Puede que sea una ninfa, o una de las dríadas de la mitología latina, o simplemente un hada como las que describían los celtas. O puede que no sea nada de todo eso. No conocemos tanto a los habitantes del bosque como para haber establecido una clasificación detallada y fiable.

Me quedo mirándolo fijamente. Supongo que me está tomando el pelo, pero, o finge muy bien, o se cree de verdad lo que está diciendo, y no sé qué es peor.

Intento aclarar mis ideas.

—Pero, vamos a ver… ¿usted la ha visto alguna vez?

Por el rostro redondo de Gutiérrez se expande una beatífica sonrisa.

—Oh, sí, la vi en una ocasión, cuando era niño. Se había quedado adormecida entre las ramas de un árbol, al sol, y quizá por eso la sorprendí. Tenía la piel del mismo color de la corteza, y sus cabellos parecían ramas de árbol. Era esbelta y ligera… más pequeña que una mujer humana. Del tamaño de una niña, aunque estaba claro que era una hembra… adulta, quiero decir. >> No le hizo mucha gracia verme allí. Se dejó caer al suelo y se esfumó… Y por alguna razón, al volver a casa empezó a picarme todo el cuerpo. Me salieron sarpullidos y no se me fueron en dos semanas. El médico dijo que habría rozado alguna planta venenosa… y no lo dudo, ¿sabe? Ella es muy vengativa. No soporta que violen su intimidad, y por esta razón le convendría dejar su bosque en paz. Porque se está conteniendo, no me cabe duda. Pero usted no la conoce. No va a rendirse, porque ya no tiene nada que perder.

—No me irá a decir usted que tengo que tener miedo de un hada, ¿verdad? —concluyo, burlón.

—Usted verá. Pero en las últimas décadas han desaparecido varias personas allí dentro; entre ellas, mi tío, que en su día tuvo intención de hacer con el bosque lo mismo que usted pretende, y que un día se internó en él y jamás volvió. Ni siquiera encontraron su cuerpo; y cuando un miembro del equipo de búsqueda se esfumó también, y otro murió en extrañas circunstancias, captamos la indirecta y lo dejamos estar. Nadie de mi familia volvió a cruzar esa cancela desde entonces, y le aconsejo a usted que haga lo mismo.

Me levanto de un salto. La cafetera empieza a pitar, pero no le presto atención. Gutiérrez puede jurar que sólo me está advirtiendo, pero a mí todo esto me suena a amenaza, y me da muy mala espina.

—Ya he oído suficiente. No he venido aquí para escuchar cuentos de hadas, señor Gutiérrez; y, en vistas de que no es capaz de ofrecerme más información que un galimatías sin sentido, voy a empezar a pensar que es usted el que está detrás de todo esto. Ándese con ojo porque, como esto siga así, me encargaré de avisar a la policía. Ha muerto una persona en ese bosque; hasta hoy pensaba que era un accidente, pero me estoy empezando a preguntar si no está usted tan loco como para haber provocado algo semejante.

Es una acusación grave, pero estoy enfadado. Salgo de la casa echando chispas, con la sensación de haber estado perdiendo el tiempo. Por si acaso, esta noche también dormiré en la casa rural.

 

Me quedo plantado en el patio, sin saber si reír, llorar o gritar de ira. Al fin sólo consigo murmurar:

—Esto es el colmo.

Me pregunto si no me estoy volviendo tan loco como Gutiérrez, y me doy a mí mismo el clásico pellizco para comprobar que no estoy soñando. Ay, duele. Estoy despierto.

La hiedra que había crecido de forma espontánea los días anteriores y que le daba a la finca “un toque más rústico”, se ha desarrollado tanto que ha cubierto toda la casa, hasta el punto de ocultarla completamente. Es una imagen inquietante y aterradora, pero que también produce en mí un intenso arrebato de ira.

Corro hasta el porche y trato de abrirme paso por entre las ramas, pero la vegetación es tan tupida que no consigo encontrar la puerta. Sin dejar de repetir “Esto es el colmo”, me dirijo hacia la parcela para coger una de las motosierras que mis peones han dejado allí hasta el día siguiente. Cargo con ella, pero antes de traspasar de nuevo la parcela para regresar a la casa, me vuelvo al bosque y grito:

—¿Quieres guerra? ¡Pues, seas quien seas, la tendrás!

Como suponía, nadie me responde. Es entonces cuando me fijo en el bidón de gasolina que mis chicos han dejado junto a las motosierras, y una idea diabólica me pasa por la cabeza.

Menos de cinco minutos después, estoy rociando con gasolina los árboles de la parcela. Se acabó. Cuanto antes terminemos con esto, mejor.

Cuando enciendo el mechero para prender fuego a la maleza, una salvaje sensación de triunfo se apodera de mí. Por muy terco que sea un bosque, todos se inclinan ante las llamas.

Contemplo cómo el fuego empieza a lamer la base de los árboles y no puedo evitar que una sonrisa siniestra ilumine mi rostro.

—¿Qué me dices a esto, eh? —le grito al bosque—. ¡Esta casa es mía!, ¿me oyes? ¡El bosque es mío! ¡Mío!

Mientras las llamas devoran la vegetación, me parece oír un extraño grito de ira y desesperación, un grito cargado de sentimiento, pero demasiado agudo como para ser humano. Me estremezco, y regreso a casa. Consigo abrirme paso a través de la hiedra, con la ayuda de la motosierra; encuentro la puerta y entro. Llego hasta la cocina, me agencio un par de cervezas y vuelvo al coche. Lo aparco en la parte de atrás de la casa y, aún sentado al volante, disfruto del espectáculo. Despierto al día siguiente, cuando los primeros rayos de sol hieren mi rostro. Me cuesta un poco volver a la realidad pero, cuando lo hago, descubro que sigo en el coche. Recuerdo de golpe todo lo que sucedió la noche anterior, y me entra el pánico. No sé en qué estaba pensando para prenderle fuego a la parcela; si ha acabado con el bosque, estupendo, pero… ¿y si se ha extendido a los terrenos adyacentes? Peor aún… ¿y si el viento hubiese desviado las llamas hacia mi finca? ¿Cómo se me ocurrió quedarme dormido aquí?

Salgo del vehículo con tanto ímpetu que casi caigo de bruces al suelo. Miro a mi alrededor y veo, con considerable alivio, que todo está en orden. Las llamas no han traspasado la cancela. El coche sigue en su sitio, aunque detecto que han crecido algunas plantas en torno a las ruedas. No parecen muy peligrosas, sin embargo; intentan aferrarse tímidamente a los bajos del coche, pero es como si les faltara fuerza. No sé por qué, lo considero una buena señal.

Corro hacia la verja y entro en la parcela con precaución.

El fuego parece haberse extinguido solo durante la noche, pero ha arrasado una buena parte de bosque. Satisfecho, recorro la superficie quemada, lo bastante grande como para construir hasta tres piscinas de tamaño considerable.

Pero pronto, los árboles me cierran el paso, y descubro que hay una parte del bosque, más de la mitad, para ser exactos, con la que el fuego no ha logrado acabar. El arroyo ha actuado de barrera y ha protegido a los árboles, pero parece haber algo más. Los troncos se han apretado unos contra otros, formando una impresionante muralla vegetal. El bosque se ha replegado, volviéndose todavía más impenetrable que antes. En esta zona, los árboles son mucho más grandes y más altos. Detecto que las llamas han llegado a tocarlos, pero se extinguieron antes de hacerles verdadero daño.
Muevo la cabeza. Podría dejar esta parte del bosque como está; ya he despejado un terreno lo bastante amplio como para construir casi todo lo que habíamos planeado, aunque el picadero tendría que ser bastante pequeño. Pero han pasado demasiadas cosas extrañas últimamente, una persona ha muerto y ahora mismo mi finca está invadida por una rara especie de hiedra que crece sin control. No puedo dejar las cosas aquí, este lugar –y lo que quiera que habite en él- es un peligro.
Palpo el bolsillo de mi pantalón en busca del móvil. Estupendo, hay cobertura.

Hago un par de llamadas; una, a Alicia, para decirle que lo de despejar la parcela está resultando más trabajoso de lo que esperaba, y que voy a necesitar más maquinaria. Cuesta un poco convencerla, pero por fin dice que lo hablará con Alfredo. Eso quiere decir que le parece bien, de modo que hago una segunda llamada y doy instrucciones para que envíen un equipo de leñadores con cortadoras y procesadoras. Me toca discutir un poco; nadie parece creer que sea necesario enviar maquinaria pesada a una parcela tan pequeña, pero insisto. Pagaré bien. A estas alturas, estoy dispuesto a pagar lo que haga falta.

Cuelgo el teléfono, sintiéndome profundamente satisfecho conmigo mismo. Doy media vuelta para regresar a la casa cuando, de repente, oigo tras de mí algo parecido a una risa. Me giro, nervioso, y miro a mi alrededor.

—¿Quién está ahí?

Nadie responde. Una brisa mueve las ramas de los árboles, que susurran a mi alrededor. Me vuelvo hacia todos lados. Detrás de mí se extiende el terreno devastado por las llamas, erizado de árboles negros, restos de lo que ayer mismo era un espacio rebosante de vida. Antes, este paisaje era para mí el símbolo de mi victoria. Ahora, de pronto, los árboles muertos, devorados por las llamas, se me antojan siniestros y amenazadores.

Y ante mí, el bosque, un corazón verde que todavía late, guardián de profundos misterios. Las ramas de los árboles vivos, sacudidas por un viento inexistente, producen un sonido ensordecedor. Me miran, me señalan, me acusan. Me tapo los oídos, y entonces se oye de nuevo esa especie de risa. No sé de dónde viene. No sé a quién pertenece. Si eso fuera posible, casi diría que se trata de una voz formada por miles de voces, las voces de los árboles, que se burlan de mí.

Tengo que salir de aquí. Doy media vuelta para marcharme, pero oigo un siseo furioso a mis pies. Dirijo mi mirada al suelo, con precaución, por si hay alguna serpiente. Y sí, veo algo que se alza entre las cenizas y se mueve… como una serpiente.

Doy un paso atrás, pero ese “algo” se lanza contra mi tobillo derecho a una velocidad endiablada y se enrosca en torno a él. Doy un grito de alarma y trato de liberarme, pero pierdo el equilibrio y caigo al suelo, y de inmediato siento que me oprimen también el tobillo izquierdo. Ahora que estoy más cerca veo que no se trata de serpientes, sino de plantas, tal vez una variante de la misma hiedra trepadora que ha ocultado mi casa, o lo que es peor, de aquellas extrañas lianas que estrangularon a uno de mis hombres hasta matarlo.

Me debato, furioso, e intento arrancarme las plantas de los tobillos, pero sólo consigo herirme los dedos. Tiran y tiran de mí, y cuando me quiero dar cuenta, me estoy hundiendo en la tierra. Tengo que salir de aquí, tengo que salir de aquí como sea. Consigo ponerme de pie a duras penas, pero no logro moverme; mis pies se hallan sólidamente clavados en el suelo y cada vez están más hondo, y entonces entiendo, con horror, lo que me está sucediendo. Me están plantando.

Grito, aterrorizado, pero nadie me escucha. Grito mientras mis pies echan raíces, raíces que se hunden en la tierra buscando agua y alimento, grito mientras mi piel se endurece y mis brazos se agarrotan, grito cuando mis dedos se alargan y les salen hojas tiernas, verdes, jóvenes. Grito al sentir que la infección vegetal llega hasta mi cabeza y mi cerebro, y trato de escapar, desesperado, porque tengo miedo de dejar de pensar, de dejar de ser yo. Pero la naturaleza es implacable y el proceso continúa, sin piedad. Grito mientras todos mis órganos, uno por uno, se van quedando rígidos, transformados en madera de árbol en un proceso irreversible e infinitamente doloroso. Ya no puedo respirar, siento que me asfixio… pero aún puedo lanzar un último alarido de terror cuando mi corazón deja de ser un corazón de carne y, por tanto, no se le puede exigir que siga latiendo.Grito hasta que la corteza recubre mi boca y la savia fluye por mis venas, y entonces ya no puedo gritar más, porque los árboles no tienen voz.

Lo último que oigo antes de que mis sentidos humanos desaparezcan del todo bajo mi nueva piel vegetal es una risa femenina, dulce y seductora, pero también incomparablemente despiadada y cruel.

Tiempo, calma y silencio.

La capa superficial está árida y reseca, por lo que he de hundir mis raíces en capas más profundas para encontrar sustento. No tengo que ir muy lejos; este suelo es rico y fértil. Estaré estupendamente aquí.

La brisa sacude mis ramas y hace vibrar las hojas. Me uno al cántico de los árboles, puesto que todos vibran al mismo son. La noche ha sido larga y fresca, pero el sol comienza a calentar mi corteza, y mis hojas se estremecen cuando la luz pone en marcha el mecanismo de la vida y da comienzo la fase diurna de mi respiración vegetal.

De pronto, el suelo empieza a temblar. Puede que sea un terremoto, pero a los árboles no nos preocupan esas cosas. No importa cuánto tiemble el suelo, nosotros seguiremos fírmemente agarrados a él, no como esas criaturas móviles, tan precarias, tan inestables.

El temblor se convierte en una especie de zumbido. Algo se estremece. Algo avanza a través del bosque, no puedo verlo ni oírlo, pero lo siento. Debe de ser un animal muy grande, para hacer temblar el suelo de ese modo.

También el aire vibra. Y es una vibración violenta, no sé de qué clase, sólo sé que afecta hasta a la última fibra de mi tronco. Supongo que esta es la forma en que los árboles percibimos el ruido. Es ciertamente desagradable.

Algo pasa entonces, algo que me alerta desde la punta de las raíces hasta las hojas más altas. Estaba entrelazado con otro árbol, una encina; mis raíces se habían topado con las suyas en el subsuelo y se habían enredado. Y a través de ese contacto percibo que su savia ya no circula. ¿Qué está pasando?

Siento miedo. Hasta hoy no sabía que los árboles pudieran hacer tal cosa, pero yo tengo miedo, estoy aterrorizado, porque algo se acerca, algo viene a buscarme y yo no puedo escapar. Y ahora envidio a las criaturas móviles a las que hace un rato despreciaba, porque ellas pueden huir, pueden salir corriendo, y yo no puedo moverme de aquí. De modo que estoy condenado a esperar y desear que, sea lo que sea, no repare en mi existencia.

Solo un instante antes de que llegue mi turno una parte de mí recuerda, de pronto, una llamada telefónica, un equipo de leñadores equipados con motosierras y con maquinaria pesada, que tenían que venir a despejar una parcela forestal. Pero apenas tengo tiempo de pensar en ello, porque algo frío y agudo se hunde en mi tronco segando mis fibras, partiéndome en dos. Si tuviera boca, gritaría de miedo y de dolor; su tuviera piernas, saldría corriendo. Pero lo único que puedo hacer es sufrir esta agonía en silencio, mientras destrozan mi corteza, y después mi carne de árbol, y finalmente el corazón de mi tronco. Y se hace eterna esta tortura, hasta que me separan por completo de mis raíces, de la tierra, de la vida… para siempre.-

 

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