SI MURIERA ANTES DE DESPERTAR
William Irish
La pequeña que ocupaba el pupitre frente al mío en el 5.ºA se
llamaba Millie Adams. No me acuerdo muy bien de ella, porque yo tenía
nueve años por aquel entonces; ahora voy a cumplir doce. Lo que sí
recuerdo con toda claridad son sus caramelos, y también que, un buen
día, no la volvimos a ver. Mis compañeros y yo solíamos molestarla
mucho; más adelante, cuando ya fue demasiado tarde, me arrepentí de
haberlo hecho. Y no era porque tuviéramos nada contra ella, sino
simplemente porque era una chica. Llevaba el cabello peinado en
trenzas que le colgaban por la espalda, y yo me divertía metiéndoselas
en el tintero o pegando en ellas chicles masticados. Más de un castigo
me pusieron por ese motivo.
La seguía a través del patio de la escuela, tirándole de las trenzas
y gritando: «¡Din, don!», como si fueran campanas. En esas ocasiones
ella me decía:
– ¡Voy a llamar a un policía!
– ¡Bah! -le contestaba yo para descorazonarla-. Mi padre es
inspector de tercera.
– ¡Bueno, entonces te denunciaré a un inspector de segunda; es
más importante que uno de tercera!
Esa contestación me fastidió, así que por la tarde cuando volví a
casa le pregunté a mi padre lo que representaba aquella diferencia.
Mi padre miró un poco avergonzado a mi madre y fue ella la que
me contestó:
– No hay demasiada diferencia; se necesita un poco más de
experiencia, eso es todo. Tu padre llegará a ser uno de ellos, Tommy, cuando
tenga cincuenta años.
Esto pareció mortificar a mi padre, pero no dijo nada.
– Yo seré inspector cuando sea mayor -dije.
– ¡Dios nos libre! -dijo mi madre. Me dio la impresión de que más que
hablar conmigo hablaba con mi padre-. Siempre llegando tarde a las comidas,
levantándose a media noche, arriesgando la vida, y la mujer sin saber cuándo
lo verá llegar en camilla o… siquiera si lo volverá a ver. ¿Y todo para qué? Por
una pensión que apenas alcanza para no morirse de hambre, una vez que han
perdido toda su juventud y fortaleza.
A mí me pareció fantástico. Mi padre sonrió.
– Mi padre también fue inspector, y yo recuerdo haber dicho las mismas
cosas cuando tenía la edad de Tommy, y mi madre me contestaba como tú. No
puedes disuadirlo, lo lleva en la sangre; será mejor que te vayas haciendo a la
idea.
– ¿Sí? Pues yo se lo sacaré de la sangre, aunque tenga que usar el palo de
una escoba para disuadirlo.
Pero, volviendo a Millie Adams, tanto la molestábamos que adquirió la
costumbre de tomarse el almuerzo en el aula, en lugar de hacerlo en el patio.
Un día, en el momento en que yo me disponía a salir de clase, Millie abrió la
cajita en que llevaba su almuerzo, por lo que pude ver el caramelo amarillo que
había en su interior. No era de los más baratos, sino de los que costaban cinco
centavos cada uno; y los amarillos son de limón, mis preferidos. Por ese motivo
me quedé y traté de hacer las paces con ella.
– Vamos a ser amigos -le dije-. ¿De dónde has sacado eso? – Me lo dio una
persona -me contestó Millie-. Pero es un secreto.2
Las chicas son todas iguales; siempre que uno les pregunta algo, te salen
con que no pueden contestar porque, naturalmente, se trata de «un secreto».
Por supuesto que yo no me lo creí; Millie no tenía dinero para comprar
caramelos, y el señor Beiderman, el propietario de la pastelería, no fiaba nunca,
y mucho menos lo iba a hacer con caramelos de cinco centavos envueltos en
papel de colores.
– ¡Seguro que lo has robado! -dije yo.
– ¡No! -exclamó Millie, indignada-. ¡Te digo que me lo dio un hombre! Es
muy simpático; estaba en la esquina cuando yo venía esta mañana para la
escuela. Me llamó, y, sacándose unos caramelos del bolsillo, me dijo: «Oye,
pequeña, ¿quieres un caramelo?». Y añadió que yo era la chica más bonita
que había visto pasar esta mañana, y eso que ya llevaba allí…
De pronto, Millie se cubrió la boca con la mano y exclamó:
– ¡Oh! ¡Lo había olvidado por completo! Me advirtió que no se lo
dijera a nadie, pues de lo contrario no me daría más caramelos.
– Déjame chuparlo un poco -le dije yo-, y no se lo diré a nadie.
– ¿Me lo juras?
Yo hubiera jurado cualquier cosa, con tal de probar el caramelo; se
me estaba haciendo la boca agua, así que juré y perjuré…, y una vez que
uno hace eso, ya no se puede echar atrás, especialmente si se es hijo de
un inspector de tercera como mi padre. Yo no era como los demás
compañeros y no podía faltar a mi palabra, aunque se la hubiera dado a
una chica tonta como Millie, so pena de ser un traidor. Mi padre siempre
me decía esto, y él nunca mentía.
Al día siguiente, cuando Millie abrió su caja a mediodía, tenía un 3
caramelo de naranja; también éstos son de mis preferidos. Por supuesto
que no me moví del lado de Millie, y compartimos el caramelo.
– ¡Hum! -me dijo en un momento en que se sintió inclinada a hacer
confidencias-. Es un hombre simpatiquísimo; tiene unos ojos enormes, y
está siempre mirando en derredor. Mañana me va a dar un caramelo de
canela.
– Seguro que se le olvida -dije, pensando en que los caramelos de
canela son de mis preferidos.
– Me dijo que, si se olvidaba, yo debía recordárselo; además puedo ir
con él y coger todos los que quiera. Tiene una casa enorme en el bosque
repleta de caramelos, chicles y tabletas de chocolate…, y puedo coger todo
lo que quiera.
– ¿Y por qué no lo has hecho? -pregunté, pensando que ninguna
chica en su sano juicio debía desperdiciar esa oportunidad, aunque sabía
que estaba haciéndose la importante.
– Porque faltaba un minuto para las nueve, y la campana estaba
sonando ya. ¿Qué quieres, que me quede sin el premio de puntualidad?
Pero mañana saldré más temprano de casa, y así tendré más tiempo.
Cuando salimos, a las tres de la tarde, tuve buen cuidado de
mantenerme alejado de ella; no quería que mis compañeros pensaran que me
estaba aficionando a las niñas; pero Millie se me acercó justamente cuando
yo empezaba a lugar a la pelota con Eddie Riley. Ya habríamos andado una
manzana camino de nuestras casas (éramos un grupo numeroso), cuando
Millie me tiró de la manga.
– Mira -susurró-; ahí está el hombre que me da los caramelos. ¿Lo
ves ahí, debajo de ese toldo? ¿Me crees ahora?
Yo miré y no encontré nada de particular en lo que vi. Era un
hombre que vestía un traje raído y que tenía unos brazos tan largos que le
llegaban a las rodillas; me hacía recordar a los monos del zoo. La sombra
azulada del toldo medio le ocultaba la cara y los hombros, pero pude
distinguir sus grandes y brillantes pupilas. Con un cortaplumas se estaba
limpiando las uñas, y miraba continuamente en derredor, como si deseara
que nadie viera lo que estaba haciendo.
Yo me sentí avergonzado de que Eddie Riley me viera hablando
con una chica; por lo demás, Millie no tenía más caramelos. Así que le
dije:
– ¡Bah! ¿Y a mí qué me importa? -rezongué- ¡Eddie, tírame la
pelota!
Por dos veces, Eddie no pudo atajar mis lanzamientos, y, en un
momento en que él corría tras la pelota, yo aproveché para mirar en
derredor; Millie y el hombre iban cogidos de la mano caminando calle
abajo. De repente, el hombre se separó y caminó en dirección opuesta,
como quien ha olvidado algo. En eso llegó el señor Murphy, el guardia
urbano, y se paró frente a la escuela como lo hacía siempre a la hora en que
salían los alumnos. Eso fue todo.
Al día siguiente, Millie se quedó sin el premio de puntualidad, ya
que no fue a la escuela en todo el día.
Dos días después, yo esperaba ansioso la llegada de Millie y de todos
los caramelos que, según me había dicho, iba a compartir conmigo; pero el
pupitre de Millie permaneció vacío.
El director de la escuela llegó antes de las tres, acompañado de dos
hombres vestidos de gris que parecían oficiales de policía. Pero aunque
éstos se quedaron en el vestíbulo, nosotros estábamos asustados pensando
que alguien se hubiera quejado de que habíamos roto el vidrio de alguna 4
ventana; pero no se trataba de nada de eso. El director quería saber si alguno
de nosotros había visto a Millie Adams camino de la escuela el día anterior.
Una chica levantó la mano y dijo que ella había pasado por casa de
Millie para recogerla, pero no la había encontrado; Millie había salido de su
casa a las ocho y cuarto, más temprano que nunca.
Yo estuve a punto de decirles lo que Millie me había contado acerca de
la casa del bosque repleta de caramelos; pero recordé que le había jurado no
hacerlo, y que mi padre era inspector de tercera, así que me contuve. Por
lo demás, todo eran probablemente embustes, y lo único que conseguiría
sería que me castigaran en un rincón.
Nunca más volvimos a ver a Millie.
Unos tres meses después de lo que acabo de relatar, y justo en el
momento en que sonaba la campana, vimos un día a la señorita Hammer,
nuestra maestra, con los ojos enrojecidos como si hubiera llorado. Desde
ese día mi padre faltó de nuestro hogar, por así decirlo, durante una
semana; una semana más en que de nuevo venía a altas horas de la noche
para afeitarse y tomar una ducha, y volvía a salir. En una ocasión le oí
decir, a través de una puerta, algo acerca de «un lunático escapado», pero yo
ignoraba el significado de esa palabra; pensé que tal vez estaba hablando
de algún animal, alguna raza de perros.
– Si al menos tuviéramos una pista -decía mi padre-. ¡Alguna
descripción, un indicio…, cualquier cosa! Si no lo pescamos, volverá a
suceder, siempre es lo mismo.
Saltando de la cama me acerqué a mi padre y le dije:
– Si un tipo da su palabra de honor y el viejo…, el padre de este tipo
es inspector de tercera…, ¿quedaría mal si no cumple su promesa?
– Sí -me contestó mi padre-. Sólo los rufianes y los bandidos no
cumplen sus promesas.
– ¡Ya tenemos bastante con un policía en la familia! -exclamó mi
madre-. ¡Basta! -y yo salí a escape al ver que mi madre tomaba una
zapatilla con mucha decisión.
Las contadas veces que mi padre vino a casa traía los diarios; pero
cuando yo los hojeaba al día siguiente, siempre les faltaba la primera
página. Me daba la impresión de que en esas páginas había una fotografía
que ellos no querían que yo viera. En realidad, lo único que a mí me
interesaba era la página de las tiras cómicas. Transcurrida esa semana, los
diarios volvieron a quedar intactos y mi padre empezó a venir puntualmente
a la hora de las comidas.
Al cabo de un tiempo, los chicos de la escuela habíamos olvidado
todo lo concerniente a Millie Adams.
Aprobé los exámenes de otoño y de primavera; y también los del
otoño y los de la primavera siguiente, aunque mis calificaciones no fueran
muy altas, y bastante bajas en conducta. A mi padre lo único que le
interesaba era que adelantara en mis estudios y que no me suspendieran,
así que cuando le mostraba mis calificaciones me acariciaba la cabeza y me
decía:
– Está bien, Tommy; serás un buen inspector; lo llevas en la sangre.
Claro que mi padre me decía estas cosas cuando mi madre no estaba
cerca para poder oírnos.
¡Ah! Casi se me olvida; entretanto, mi padre ascendió a inspector
de segunda al cumplir los treinta y cinco años, y no hubo de esperar a los
cincuenta, como pronosticaba mi madre. Recuerdo que se ruborizó cuando
mi padre le dio la noticia.
Tuve suerte en 5.° B, en 6.° A y en 6.° B, porque ninguna chica se sentó 5
en el pupitre delante del mío. Pero en 7.° A vino una chica nueva, ya que se
trasladaba de otra escuela; se llamaba Jeanie Myers. Siempre llevaba una
blusa blanca, y el cabello era una mata de rizos castaños sujetos en la nuca.
Me gustó desde el principio porque sacaba buenas notas, y además
me resultaba muy útil, ya que me dejaba mirar por encima de su hombro,
y así yo podía copiar las respuestas correctas; en general, las chicas son
egoístas, pero ésta era como un buen compañero. Por eso, cuando uno de
mis amigos la empezó a molestar, le di un puñetazo en la nariz; desde entonces
se portaron como es debido. Jeanie pensó que debía mostrarme su
agradecimiento, y lo tuvo que hacer delante de los demás, cosa que no me
gustó mucho.
– ¡Tommy Lee, eres realmente fantástico! -me dijo.
Aparte de que me dejara copiar sus deberes, era tan tonta como las
demás chicas que conocía; tenía algunas debilidades propias de una cría. Se
volvía loca por las tizas de colores; siempre llevaba algunas consigo, y si
uno veía una pared o una verja marcada con rayas rosas o amarillas, podía
tener la seguridad de que Jeanie Myers había pasado por allí. No podía
resistir la tentación de marcar todo lo que encontraba a su paso; parecía que
era incapaz de ir a un lugar sin dejar ese peculiar rastro, aunque fuera
una raya en la acera. Nosotros, los muchachos, también usábamos tiza,
aunque siempre blanca; por lo demás, la usábamos para algo útil, como, por
ejemplo, marcar el campo para un partido de béisbol o el lugar donde
debíamos mantener a un prisionero. Pero nunca para hacer rayas, como
Jeanie, que la mitad del tiempo las hacía sin darse cuenta, cuando iba
caminando.
Como Jeanie gastaba en tizas todo lo que le dallan, y las de color
costaban diez centavos la caja (a veces cometía la temeridad de comprarse
hasta dos cajas por semana), me sorprendió verla un día durante el recreo
desenvolviendo un caramelo de cinco centavos.
Era de color amarillo, lo que quería decir que era de limón, uno de mis
preferidos.
– Ayer tarde -le recriminé- no me quisiste prestar un centavo para
caramelos, y ahora veo que te has comprado uno de cinco centavos. ¡Eres
una egoísta!
– ¡No me lo he comprado! -me contestó-. Me lo ha regalado un hombre
cuando venía esta mañana para la escuela.
– ¡Ja! ¿Desde cuándo las personas mayores les regalan caramelos a los
chicos? -le pregunté yo.
– ¡Pues éste lo hizo! Tiene un almacén lleno de caramelos, y todo lo
que tengo que hacer es ir a buscarlos; no me cobrará nada.
Durante un momento, una sensación rara se apoderó de mí; me pareció
que alguien a quien yo conocía conseguía también caramelos gratis. Traté
por todos los modos de recordar, pero fue inútil… No había sido la semana
pasada, ni el mes pasado, ni tampoco el año anterior. En vista de este
esfuerzo inútil, alejé el pensamiento de mi mente.
Después de saborearlo un rato, me dio la mitad del caramelo.
Jeanie era realmente muy simpática.
– No le digas a nadie lo que te he contado -me advirtió-; si no, los
otros chicos van a querer caramelos también.
Al día siguiente, cuando estábamos en el recreo, Jeanie se acercó y
me dijo en voz baja:
– Después te quedas un momento; tengo otro.
Mantuvo la caja tapada, hasta que los otros se fueron; entonces la
destapó y me mostró uno de naranja, que es también de mis preferidos. Una 6
vez en clase me senté al lado de Jeanie, y así compartimos el delicioso
manjar.
A ratos yo miraba la pizarra, en la que no había nada escrito. A toda
costa quería atrapar un recuerdo huidizo; era algo relativo a un caramelo
de limón, seguido por otro de naranja. Tenía la impresión de haber vivido ya
estos momentos. Jeanie se regocijaba entre chupada y chupada.
– ¡Cómo me estoy divirtiendo esta semana! Todos los días un
caramelo gratis. No sé quién será ese hombre, pero es muy simpático. ¿De
qué crees que será el caramelo de mañana?… ¡De canela!
Sin saber por qué, dejé de pensar en caramelos y traté de recordar
nombres de razas de perros; en realidad, nada tenía que ver una cosa con
la otra, pero así fue. Hasta le pregunté a Jeanie que me dijera algunos
nombres, pero ella me dijo los que yo ya conocía: airedale, San Bernardo,
collie… No, no se trataba de ésos.
– ¿No hay una raza cuyo nombre termina en «tico»? -le pregunté.
– ¿Dalmático? -me contestó Jeanie.
– No, tonta, ésos se llaman dálmatas -le contesté con aire de
superioridad.
Yo tenía la impresión harto desagradable de que debía hablar con
alguien, pero lo peor del caso era que no sabía con quién debía hablar ni
qué debía decir. ¿Qué podía hacer yo? En eso sonó la campanada de la una,
y entonces fue demasiado tarde…
Esa noche tuve una horrible pesadilla; soñé con montones de diarios
viejos que estaban tirados por el suelo en algún bosque. A todos les
faltaba la primera página. Cuando yo trataba de cogerlos, el brazo de un
muerto aparecía por una grieta en la tierra, sosteniendo en la mano un
caramelo de canela. ¡Qué susto me llevé! En un momento que conseguí
despertar, me tapé hasta la cabeza.
Al día siguiente, mi madre tuvo que despertarme tres veces, tal era el
sueño que yo tenía. Llegué a la escuela justo a tiempo, y, cuando me senté,
la campana acababa de sonar. La vieja Flagg me miró de forma
desagradable, pero no dijo nada.
Cuando recobré el aliento vi, dos asientos por delante de mí, a
Eddie Riley. El pupitre de Jeanie estaba vacío; aquello me pareció muy
raro, ya que nunca había llegado tarde.
Flagg me sacó de inmediato a la pizarra, y me mantuvo muy ocupado
pensando en dónde estaba el ángulo recto de algún maldito objeto.
Después de las diez llegó Jeanie acompañada de otra chica que se llamaba
Emma Dolan.
Cuando acabó la clase, dijo Flagg:
Jeanie, esta tarde se quedará usted castigada por haber llegado
tarde; en cuanto a usted, Emma, se lo dejaré pasar por esta vez, pues ya sé
que su madre está enferma, y tiene que ayudar en la casa.
Era la primera vez que Jeanie se quedaba castigada y yo la compadecí
mucho.
Al mediodía Jeanie sacó de su caja un caramelo rojo de canela;
estaba furiosa.
– ¡Si no hubiera tropezado con esa tonta de Emma tendría un millón
de caramelos como éste! -se lamentó Jeanie-. Íbamos al lugar donde él guarda
los caramelos, y tuvo que llegar Emma y echarlo todo a perder. ¡Cuando él la
vio se fue y me dejó sola! Y, por si fuera poco, esta tarde no podré ir, ya que
tengo que quedarme castigada.
Como al día siguiente teníamos exámenes, y las respuestas de Jeanie
me venían muy bien, traté de ser lo más simpático posible con ella, así 7
que le dije para que se conformara:
– Te esperaré afuera, Jeanie.
A las tres sonó la campana, y todos los chicos se fueron, menos
Jeanie.
Yo me quedé solo jugando a la pelota; la pateaba, la lanzaba al aire y
trataba de alcanzarla cuando caía. Hasta que, corriendo tras la pelota, me
alejé más de dos manzanas de la escuela sin darme cuenta. De pronto, la
pelota fue a detenerse a los pies de una persona que estaba parada bajo un
toldo en la acera.
Me agaché a recogerla, y, al levantarme, vi que se trataba de un
hombre; estaba de pie, casi inmóvil, bajo la sombra del toldo azul. Tenía los
ojos grandes y escrutadores, y sus brazos parecían los de un chimpancé
como los que yo había visto en el zoo. No pude entender qué significaba el
movimiento que hacía con los dedos; los abría y los cerraba como si
quisiera agarrar algo que se le escapaba.
Ni siquiera me miró; tal vez los chicos de mi edad no le
interesaban. Yo lo miré durante un momento y me pareció haberlo visto
antes, en algún lugar; sobre todo esos ojos saltones. Me volví con la pelota,
y él se quedó inmóvil; sólo los dedos mantenían su actividad, tal como ya
les he dicho.
Tiré la pelota muy alto, y, de pronto, junto con ella, pareció caerme del
cielo un nombre: ¡Millie Adams! Ahora recordaba dónde había visto esos ojos
saltones y con quién había compartido los caramelos amarillos y naranjas.
Se los había dado él y, de resultas de esos regalos… Millie no volvió más a
la escuela. Ya sabía lo que tenía que decirle a Jeanie; que no se acercara a
ese hombre, porque, si lo hacía, algo le podía pasar. No sabía qué, pero algo 8
malo era.
Me asusté tanto que dejé de jugar a la pelota, corrí hacia la escuela
y entré, a pesar de que nos estaba prohibido fuera de las horas de clase.
Empinándome, miré por una ventana.
Jeanie estaba sentada en su pupitre haciendo los deberes, y la
señorita Flagg se hallaba frente a ella corrigiendo. Sin saber qué hacer, di
unos golpecitos en el vidrio para llamar la atención de Jeanie; ésta me vio,
pero también la señorita Flagg, así que me hizo entrar en la clase.
– Bien, Tom -me dijo, agria como el limón-, ya que parece que se siente
incapaz de alejarse de la clase, será mejor que se siente y se ponga a
estudiar. No, ahí no. Al otro extremo de la clase, no se ponga tan cerca de
Jeanie.
Pasados unos minutos, y para que las cosas se pusieran peor de lo que
ya estaban, dijo:
– Ya puede irse, Jeanie, es suficiente el tiempo que se ha quedado.
Trate de ser puntual mañana -y cuando vio que yo también me disponía a
salir, añadió-: ¡Usted no, jovencito! ¡Quédese donde está!
No pudiendo contenerme más, le grité:
– ¡No! ¡No la deje salir, señorita Flagg! ¡Oblíguela a quedarse! ¡No la
deje salir! ¡Irá a buscar caramelos y…!
La señorita Flagg se enfureció, y, golpeando su pupitre, me espetó:
– ¡Basta! ¡No quiero oír una palabra más! ¡Por cada vez que abra la
boca tendrá media hora de castigo!
Jeanie recogió sus libros y yo hice otra intentona.
– ¡Jeanie! -le grité-. ¡No te vayas! ¡Espérame en el patio! Ante esta
desobediencia, la señorita Flagg se levantó y acercándose a mí, me
amenazó:
– ¿Quiere que mande llamar al director? ¡Lo mandaré a 6.° B, si lo
vuelvo a oír! ¡Haré que lo echen del colegio por insubordinado!
Jamás la había visto tan enojada. Lo peor era que Jeanie también
estaba enojada, sólo que conmigo.
– ¡Traidor! ¡Cuentista! -me dijo por lo bajo, y salió cerrando la puerta.
La volví a ver cuando pasaba frente a la ventana…
Traté por todos los modos de hablar con la señorita Flagg, pero no me
dejó. De todas maneras, yo estaba tan excitado que no podía decir nada
comprensible.
– Jeanie irá a buscar caramelos y no volverá más…, y las páginas de los
diarios, las primeras quiero decir, las arrancarán…
Como no dejaba de llorar, difícilmente podía entenderse nada de lo
que decía. La señorita Flagg estaba escribiendo una nota de queja a mi
padre.
– ¡Igual que Millie Adams, y usted tendrá la culpa…!
La señorita Flagg no estaba en la escuela cuando sucedió lo de
Millie, así que no podía entender lo que quería decirle. Además, iba a
ponerme media hora de castigo por cada vez que hablara, con lo que acabaría
por tener que quedarme hasta las seis todos los días de la semana. Luego
llamaría a mi padre y no sé cuántas cosas más. No valía la pena insistir;
era mejor callarse, así que opté por seguir estremeciéndome y suspirando
mientras el sol se ocultaba. Cuando fue casi de noche, la señorita Flagg
encendió la luz, y esperó a que fueran las seis para dejarme marchar. Me dio
una carta para entregársela a mi padre, y cuando salí y cerré la puerta,
me obligó a entrar y a salir de nuevo como era debido.
Cuando, por fin, pude verme libre, las calles que rodeaban la escuela
estaban desiertas y sumidas en la oscuridad, con solo un farol encendido aquí 9
y allá. Al pasar ante la tienda, vi que el toldo había sido enrollado y que no
había nadie bajo él. Sentí una sensación extraña en la espalda, como la que
debe sentir un gato cuando se le acaricia a contrapelo.
En vez de irme directamente a casa me fui hacia la de Jeanie, que
estaba en otra dirección, y empecé a dar vueltas a su alrededor y a mirar
por la ventana. Las luces estaban encendidas, por lo que pude ver a su
madre y a su hermana pequeña, pero no a Jeanie. Su madre parecía muy
inquieta e iba de un lado para otro. Al acercarse a la ventana para mirar al
exterior, me vio. En seguida abrió la puerta, y dijo:
– Tommy, ¿has visto a Jeanie? Hace tiempo que debería estar en
casa. A lo mejor se ha ido a casa de Emma. Si la encuentras, dile que
venga en seguida. Son más de las seis y no me gusta que regrese tan tarde.
Me sentí como enfermo, pero no me atreví a confesarle mis temores.
Le contesté con indiferencia:
– Sí, señora.
Luego eché a correr como alma que lleva el diablo.
Emma vivía muy lejos, pero, sin vacilar, decidí ir a echar un vistazo.
Emma estaba cenando y vino a decirme, con la boca a dos carrillos,
que Jeanie nunca iba a su casa por la noche. Me resigné a volver con los
míos.
Mi padre había vuelto temprano y se puso a regañarme. Comprendí
que había estado intranquilo por mi culpa, pero no pude hablarles de
Jeanie. Apenas empecé a contar que la señorita Flagg me había retenido
en la clase, cuando mi padre me dio un cachete y me ordenó que fuera al
dormitorio. Quise explicarle lo de Jeanie, pero vio la carta de la señorita
Flagg y aquello colmó la medida. El escándalo fue tal que no tuve ánimos
para abrir la boca. Me llevó al dormitorio y me encerró con llave.
¡Qué situación tan extraña! Yo era el único que sabía una cosa muy
grave y nadie quería escucharme. Incluso mi padre se comportaba igual
que los demás. Y ahora quizás era demasiado tarde. Me senté al borde de
la cama, en la oscuridad, apoyando la cabeza entre las manos.
Oí sonar el teléfono y, después de un momento, la voz de mi madre
que decía:
– ¡No, no, Tom! ¡No puede ser…! -dijo con voz aterrorizada.
– ¿Y qué otra cosa puede ser? El jefe dice que encontraron sus libros
tirados en un paraje. Te dije que volvería a suceder si no lo pescábamos a la
primera.
¡Yo sabía que hablaban de Jeanie!
Me acerqué a la puerta y empecé a golpear y a gritar.
– ¡Papá! ¡Déjame salir un momento! ¡Yo te puedo describir a ese
hombre! ¡Lo he visto con mis propios ojos!
Pero la puerta de la calle se cerró antes de que terminara de explicar
lo que sabía; supuse que mi madre también se había ido para consolar a la
señora Myers. Seguí golpeando, aunque sabía que en la casa no había nadie
más que yo.
Sin saber qué hacer, me volví a sentar al borde de la cama, con la
cabeza entre las manos, pensando cómo iban a pescar al hombre si no lo
habían visto en su vida. ¡Yo lo conocía y no me querían dar la oportunidad
de decirlo! ¡Tenía que quedarme encerrado, yo, el único que sabía qué
había sucedido!
El pensar en Jeanie me dio miedo, a pesar de estar en mi propia
casa. Trataba de imaginarme qué le podría hacer a Jeanie un hombre como
ése; algo terrible, con toda seguridad; si no, no hubieran llamado a mi
padre después de terminar su tarea diaria.10
Me levanté y, con las manos en los bolsillos, fui a mirar por la ventana.
¡Qué oscuro estaba todo! La calle, solitaria, apenas iluminada por un farol en
la esquina. Otra vez pensé en Jeanie, sin tener a nadie junto a ella para que
la ayudara. Sin darme cuenta de lo que hacía, me saqué una serie de
objetos de los bolsillos: bolitas, clavos, fósforos… y un trozo de tiza…
Me quedé mirando un momento la tiza y recordando cómo Jeanie
siempre…
Levanté la hoja de la ventana y, pasando una pierna por el alféizar,
me apoyé en la cañería. Vivíamos en el segundo piso de una casa de
apartamentos. Tal vez a una persona mayor le hubiera resultado muy
difícil bajar, pero yo, con mi poco peso y la ayuda de una enredadera, me
deslicé sin la menor dificultad.
Una vez en la calle, salí corriendo por temor a que llegara mi madre;
no temía, en cambio, encontrarme con mi padre, ya que cuando lo llamaban
por la noche, pasaban días antes de que volviera a aparecer por casa.
Una vez que me alejé del camino que seguía Jeanie, abandoné todo
cuidado por encontrarme con algún conocido.
Recorrí el camino que hacía todas las mañanas para ir a la escuela,
aunque, claro está, nunca lo había hecho de noche. Pero no llegué hasta el
edificio, sino que me detuve dos manzanas antes, en el lugar del toldo. Todo
era diferente a esa hora, las casas me parecían negras y no se veía por allí
ninguno de mis compañeros… sólo yo.
Empecé a reflexionar y me dije: «Jeanie compró una caja de tizas
anteayer; lo sé porque le vi un trozo entero cuando salimos a las tres».
Pero aquello no me servía, ya que las gastaba muy de prisa. ¿Y si hoy no le
hubiera quedado nada?
Doblé por la esquina del toldo mirando las paredes; no se veía
ninguna marca, pero eran más bien escaparates y puertas, así que no
constituían lugar propicio para ser marcado con tiza. Anduve por toda la
manzana sin encontrar marcas, hasta que al fin me dije: «Tal vez fuera por
el centro de la calle, y mal podía dejar marcas en el aire.»
Al llegar a la esquina, estaba a punto de volverme, cuando vi una
boca de riego que tenía una marca de tiza de color rosa a su alrededor. ¡Eso
quería decir que Jeanie había pasado por ese lugar en algún momento de ese
mismo día, ya que su casa quedaba en sentido opuesto!
Me puse contento. ¡Ya sabía que iba a dar resultado el buscarla de
aquella manera! «¡Seguro que la encuentro!». Por un momento, hasta me
olvidé de que estaba asustado. Lo que estaba haciendo se parecía a nuestro
juego de niños de «policías y ladrones». Seguí caminando por la otra
manzana y en ésa también había muchos escaparates; pero encontré un
cubo de basura, olvidado seguramente, que también tenía una raya de tiza
de color rosa a su alrededor.
En la manzana siguiente no vi nada, a pesar de que había lugares
muy a propósito para garabatearlos; Jeanie no había pasado por ese lugar,
así que decidí cruzar a la otra acera. Allí, en un poste del alumbrado, había
una marca casi invisible. Ya no me cabía duda de que la suerte me
acompañaba.
Caminé unas cuantas manzanas, encontrando siempre alguna
marca, hasta que, de pronto, desaparecieron. Busqué y rebusqué, pero no,
no había más. ¿Se le habría terminado la tiza? ¿O él la había visto y se la
había quitado? No, Jeanie no se separaría jamás de semejante tesoro, y,
además, ésa era la avenida Allen, muy concurrida durante el día. El hombre
no se iba a arriesgar a ser grosero con ella delante de otras personas.
Empecé a caminar hacia la izquierda; sé que el corazón está a la 11
izquierda, y yo seguí en esa dirección. Por allí había lugares muy a propósito
para garabatearlos; las casas estaban viejas y descuidadas y las marcas de
tiza campeaban por doquiera. Había demasiada tiza, eso era lo malo. Todas
las paredes estaban garabateadas y, en algunas, estaban escritas ciertas
palabras, que, cuando uno las dice, le lavan la boca con jabón. Pero era tiza
blanca, no la de Jeanie. De pronto, volví a encontrar su rastro: una raya
que sólo se interrumpía cuando había una puerta o una ventana. Era tiza
amarilla. Seguramente se le habría acabado la tiza rosa, y había empezado
con la amarilla.
Era tan fácil de seguir que empecé a correr en lugar de caminar.
Más me hubiera valido no hacerlo; de pronto, en mi loca carrera, llegué a
un pequeño paraje donde había varios hombres. Un automóvil con los
faros encendidos estaba estacionado en la esquina. Pero lo que más me
asustó fue que uno de esos hombres era mi padre, y estaba parado en medio
de los otros. ¡Qué salto di hacia atrás! Por suerte, estaba de espaldas, así que
no me vio. Oí que decía:
– … por alguno de estos lugares. Cuando antes empecemos a
registrar las casas, mejor.
Uno de los hombres tenía un libro de los que usamos en el colegio,
con el nombre escrito en la parte interior de la tapa. Me pareció que era
un libro de aritmética.
Me escondí del otro lado del automóvil, tratando de evitar las luces;
la raya de tiza amarilla seguía sin interrumpirse.
Me moría de ganas de acercarme a mi padre y decirle: «Papá, no
tienes más que seguir esa raya y encontrarás a Jeanie». Pero no tuve
valor; si me veía en la calle a esas horas, y sobre todo después de haberme
castigado, era capaz de darme una paliza delante de todos aquellos hombres.
Así que no tuve más remedio que seguir solo, en la oscuridad de aquel
paraje, tras la línea amarilla, y desear fervientemente que mi padre no se
enterara jamás de que yo había pasado por aquel lugar.
No me explicaba por qué Jeanie había tirado los libros; no era tan
tonta como para hacer semejante cosa con algo que era propiedad de la
escuela; y la prueba de que nada le había pasado era que la raya de tiza
continuaba como si tal cosa. La única explicación que encontraba al asunto
de los libros abandonados era que tal vez el hombre se ofreció para
llevárselos para que Jeanie no se cansara y, en un momento en que ella se
distrajo, él los había tirado, pensando que la chica no los necesitaría más.
O también podía ser que el hombre le dijera que, como iban a volver pronto,
los dejarían ahí para recogerlos después.
Pero caminaron mucho, y yo llegué a la conclusión de que Jeanie
jamás se dio cuenta de que sus libros habían sido abandonados. De pronto,
las casas fueron espaciándose hasta que no quedaron más que terrenos
baldíos; tampoco había lugares propicios para ser marcados con tiza. Había
llegado al límite de la ciudad; el camino seguía, pero ya no había aceras.
Nunca había estado antes por aquellos andurriales, por lo que estaba
bastante asustado. La última casa que pasé tenía una marca de tiza; la
continuación de la línea debió quedar en el aire, así que me propuse seguir
esa línea imaginaria; las perspectivas no me halagaban, ya que el camino
era malo y lleno de piedras; además, tenía que arreglármelas para esquivar
los contados automóviles que pasaban.
Algo más lejos (a mí me pareció como a una milla) vi una
empalizada de madera; cuando llegué, y tardé bastante tiempo en llegar, me
alegré de haberlo hecho. Los soportes de la empalizada, que eran más o
menos de mi altura, estaban marcados con tiza amarilla. Hasta este lugar, al 12
menos, Jeanie había permanecido fiel a su costumbre. Al atardecer este
paraje debía de ser muy solitario; pero ahora era terrible: un camino de –
sierto, flanqueado por la densa oscuridad del campo, en el que los altos
pastizales susurraban agitados por el viento. Había postes de alumbrado,
pero estaban muy lejos uno del otro, así que los trechos oscuros me
resultaban muy largos. Todos los postes estaban marcados con tiza, lo
que quería decir que él no se atrevió a que nadie los llevara en coche.
Giré la vista para mirar atrás, y las luces de la ciudad eran apenas un
resplandor que se reflejaba en el cielo. ¡Qué ganas tenía de volverme! Pero
seguía pensando: «¡No desearía estar en la piel de Jeanie!». Y, siendo yo el
único que sabía dónde estaba la pobre, ¿cómo me iba a volver atrás? Así
que continué en la brecha.
Algo peor me esperaba más adelante; algo en lo que no quería ni
pensar. ¡El bosque! Eso era lo más oscuro de toda la oscuridad que se me
iba acercando poco a poco. Era como una gran muralla, que, a medida que
yo me aproximaba, se iba haciendo más alta. ¡El bosque!
Al fin los árboles me cercaron y rodearon como aprisionándome. Eché
una última mirada al lugar donde estaría mi padre, y, respirando hondo,
penetré en el bosque. El camino lo atravesaba y, con las luces, aquella
aventura no me resultó tan terrible, después de todo; eso sí, tuve buen
cuidado de no mirar más que hacia delante, para eludir cosas que hubieran
podido asustarme. En realidad, tenía tanto miedo que lo único que me sentía
capaz de hacer era seguir adelante.
Había una marca de tiza en el siguiente poste de alumbrado, pero no
en el de más allá… En algún lugar por allí cerca se habían desviado de
su ruta. Yo pensaba: «¿Tendré que internarme entre esos árboles? ¿Y si
hay alguien detrás de alguno de ellos y me salta encima?». Más que
asustado, me sentía aterrorizado; me parecía que iba a morir sin remedio
si me internaba entre aquellos árboles. Si al menos Eddie Riley estuviera
conmigo…, pero estaba tan solo…
Probablemente hubiera estado toda la noche tratando de tomar una
determinación, pero algo se encargó de tomarla por mí. De pronto oí un ruido
áspero entre los árboles, y vi los faros de un automóvil que venía por el
camino. Tuve el tiempo justo de saltar hacia un lado para que no me
atropellara; me pareció que iba a una velocidad terrible.
El chirrido de los frenos me indicó que el automóvil se había detenido
en algún lugar del camino; escondiéndome detrás de un árbol, oí la voz de
una mujer que decía:
– ¡Te digo que no era un animal! ¡Le vi la cara! ¿Qué andará haciendo
una criatura sola de noche por estos lugares? A ver si lo encuentras, Frank.
La puerta del automóvil se abrió y un hombre se acercó hacia mí,
llamándome.
– ¡Ven, pequeño; no te vamos a hacer nada! ¡Ven!
Yo deseaba ardientemente correr hacia ese hombre y decirle: «¡Por
favor, señor, lléveme con usted!». Pero sólo debía pensar en Jeanie, y no en
mí mismo. Al acercarse más, di media vuelta y salí corriendo, por miedo a
que me fuera a atrapar y me impidiera encontrar a Jeanie; así fue como
me interné en el bosque. Una vez que me hube alejado un poco, me
detuve conteniendo la respiración, por temor a que me oyera. El automóvil
reanudó la marcha, y alcancé a divisar entre los árboles la luz roja de su
parte trasera.
Cuando uno está en el interior de un bosque, los árboles no son tan
espesos como parecen vistos desde afuera; mi situación era bastante
desagradable, pero no tan mala como si estuviera en una jungla o algo por 13
el estilo, como leemos en los libros. Unos minutos después sucedió algo
raro; las copas de los árboles se pusieron rojas, como si se estuvieran
incendiando. Poco a poco, ese color rojo se fue desvaneciendo. Al rato, el color
se transformó en blanco; entonces me di cuenta que era la luz de la luna
llena. Por un lado, ahora estaba mejor que antes, ya que podía ver bien
por dónde caminaba; pero, por otro, estaba peor, ya que veía una cantidad
de sombras raras que antes no veía, cuando me envolvía la oscuridad. Ahora
veía demasiado…
Penetré en el bosque sabiendo que me arriesgaba a perderme, pero
estaba demasiado asustado para preocuparme por ello. Cuando algo parecía
moverse, echaba a correr en sentido contrario. En una de esas carreras
tropecé con algo que brillaba a la luz de la luna; lo que vi apresuró los latidos
de mi corazón.
Tirada en el suelo, estaba la caja en que Jeanie llevaba su almuerzo
a la escuela. Seguramente pensó traerla llena de caramelos. En ese
momento, tuve la certeza de que Jeanie, al llegar a ese lugar, no siguió
caminando por su propia voluntad. Seguramente el hombre le estuvo
hablando durante todo el camino para entretenerla y para que no se diera
cuenta de que se iban internando en el bosque y cada vez más lejos. Pero
aquí era donde Jeanie había notado que algo andaba mal. Además de la
caja, encontré otras cosas; me costó un poco de trabajo, pero encontré dos
pedazos enteros de tiza que alguien había pisado y estaban rotos.
También encontré la cinta que Jeanie llevaba atada a la cintura; el lazo
estaba roto, como si se le hubiera enganchado al querer escapar.
«¡Oh, Jeanie!», pensé. «¿Te habrá matado?»
Un poco más adelante de la oscuridad en que me encontraba,
descubrí un claro iluminado por la luz de la luna; corrí hacia él, apretando
en mis manos las pertenencias de Jeanie. Cuando llegué, supe que ése era
el lugar. No veía nada ni oía nada que me lo indicara, pero lo supe; parecía
que ese sitio me estuviera esperando.
Aquel claro era más espacioso que el anterior, y en el centro había una
casa vieja en estado ruinoso; las ventanas no tenían cristales y parecía
deshabitada desde hacía mucho tiempo. Quizá había sido en alguna
ocasión una granja; había árboles grandes en la parte posterior, y por delante
la ocultaban árboles pequeños. A la luz de la luna, el viejo edificio parecía
decirme: «Ven, pequeño, acércate», para poder devorarme a continuación.
Di un rodeo, ocultándome tras los árboles; ojos misteriosos parecían
mirarme desde las negras bocas de las ventanas, esperando que me
acercara. Al fin hice acopio de valor y me acerqué al lugar en que la casa
proyectaba su sombra; allí no me podía delatar la luz de la luna. Me
acerqué a una de las ventanas para escuchar, pero no podía oír nada a
causa de los latidos de mi corazón.
Lo más bajo posible, susurré:
– ¿Estás aquí, Jeanie?
Casi me caí muerto después de hablar, pero no oí nada. No me
atrevía a ir a la puerta principal, porque la luz de la luna daba de lleno en
ese lugar; por lo demás, el porche estaba oscuro como una boca de lobo. Sin
pensarlo más, me subí a una ventana, tratando de no hacer ruido, para
echar una ojeada al interior; en realidad, soy muy bueno escalando paredes.
Pero estaba todo en tinieblas, y no pude ver absolutamente nada. El edificio
parecía seguir en actitud de espera; pero nada se movió ni hizo ruido alguno.
A horcajadas en la ventana, tiré unas piedrecitas para ver qué pasaba, pero,
al no suceder nada, me decidí a entrar en aquella habitación o lo que fuera.
Esperaba que unas manos surgieran de improviso de la oscuridad 14
para atraparme, pero no pasó nada; poco a poco vi que la luz de la luna
iluminaba la parte delantera de la casa, y ella me sirvió de guía. Franqueé
una abertura en la que alguna vez había habido una puerta, y me encontré
en una especie de vestíbulo muy iluminado por el hueco de la puerta y
por la claraboya que había en el techo; a un costado vi una desvencijada
escalera que se perdía en la oscuridad.
Armándome de valor, puse la mano en el pi lar del pasamanos; subí
despacio, deteniéndome en cada escalón. Éstos crujían, y en un momento
dado me pareció que la maldita casa se venía abajo, pero no pasó nada, ni
nadie apareció; yo estaba muerto de miedo. La casa parecía continuar a la
expectativa.
Cuando llegué arriba, encontré a un lado una puerta cerrada; al
menos aquí había puerta; la fui empujando para abrirla. Yo me decía que
si hubiera alguien detrás de ella, ya me habría oído hacía rato. Estas
reflexiones las hacía para tranquilizarme, pues ojalá no hubiera nadie. Al fin,
miré al interior por la abertura.
La habitación estaba iluminada por la luz de la luna, aunque tenía las
persianas bajadas. Unos rayitos de luz penetraban por ellas. Me atreví a
susurrar:
– ¿Estás ahí, Jeanie?
Esta pregunta la hice una vez en cada habitación; en la última,
alguien tosió en respuesta a mi pregunta. Me tapé la boca con la mano,
para no gritar. Transpiraba como si fuera verano, a pesar de estar en pleno
invierno. De pronto, me quedé helado al volver a oír la tos. Parecía la tos de
una criatura; y, reuniendo el poco valor que me quedaba, me apoyé en la
puerta para reprimir el deseo de correr escaleras abajo. Pensándolo mejor,
me parecía más bien una llamada de socorro.
En el suelo había un montón de desperdicios, o algo por, el estilo;
volví a llamar un poco más fuerte: – ¡Jeanie!
En el colmo de mi desesperación, los bultos, o lo que fuera que había
en el suelo, empezaron a moverse. Me parecía que de ese promontorio
salían ratas… o víboras. Me sujeté firmemente de la puerta para no caer
redondo al suelo.
Lo que salió de ese promontorio fueron dos pies; dos pies pequeños.
Uno era negro, porque estaba calzado; el otro era blanco por carecer de
zapato.
El miedo se me pasó repentinamente porque la reconocí. Aun en la
semioscuridad, podía distinguir su blusa; el motivo por el cual tosió era que
tenía una mordaza.
Corrí el riesgo de encender un fósforo; podría haber subido las
persianas, pero eso me iba a llevar más tiempo. La luz del fósforo reveló
que no había nadie más que nosotros en la habitación. Los ojos de Jeanie
brillaban, pero estaban ojerosos de tanto llorar. Observé el nudo de la
mordaza, y después apagué el fósforo; necesitaba las dos manos para
deshacer el nudo.
Me fue bastante bien, ya que soy diestro en estas cosas. Jeanie
tenía las manos atadas a la espalda y los pies fuertemente sujetos, pero
mis manos pequeñas y hábiles lograron deshacer los nudos con facilidad. A
pesar de todo, me pareció que pasaban siglos mientras terminaba; a cada
instante tenía el presentimiento de que unas manos me aprisionaban el cuello.
Pasándole el brazo por la espalda, la ayudé a incorporarse . Jeanie
siguió llorando un poco, como venía haciendo desde hacía varias horas.
– ¿Hacia dónde se fue? -le pregunté.
Entre sollozo y sollozo salió un hilito de voz. – No… no lo sé -me 15
contestó al fin Jeanie. – ¿Hace mucho que se ha ido?
-Cuando salió la luna -me contestó sollozando. – ¿Ha salido de la
casa?
– Creo… creo que sí. He oído… sus pasos fuera.
– Tal vez se ha ido para siempre -dije esperanzado.
– No… Dijo que iba a cavar la fosa y… que volvería después… para…
– ¿Para qué?
– Para ma… matarme con su cuchillo; me arrancó un pelo y delante de
mí probó en él el cuchillo, para ver si estaba bien afilado.
Los dos miramos en derredor poseídos de un terror inimaginable.
– Salgamos de aquí. ¿Puedes caminar? -dije de pronto.
– Tengo las piernas dormidas -dijo Jeanie.
Al ponerse de pie, una de sus piernas se le dobló y yo sujeté a Jeanie
para que no cayera.
– Apóyate en mí -le aconsejé.
Salimos de la habitación y bajamos la escalera hasta llegar al
vestíbulo iluminado por la luna. ¡Si pudiéramos salir!
Caminamos lo más silenciosamente posible; la circulación en las
piernas de Jeanie se iba restableciendo poco a poco, así que nuestro avance
era cada vez más fácil.
– No hagas ruido, puede estar acechándonos -le advertí.
De pronto, sucedió lo que me temía. Un estruendo que pareció el
disparo de un revólver nos dejó paralizados. La tabla en que estábamos
parados se dobló quebrándose en dos. Lo peor de todo fue que uno de mis
pies quedó aprisionado y no lo podía sacar.
Jeanie y yo trabajamos como si fuéramos un regimiento para sacar
mi pie del cepo en que había quedado atrapado; lo tenía encajado de tal
forma que ni siquiera podía sacarlo quitándome el zapato.
Al final desistimos y nos sentamos en el penúltimo escalón,
resignándonos a nuestra suerte…
– Jeanie, vete -le decía yo-. Vete mientras puedas; no tienes más que
seguir el camino a la luz de la luna…
Jeanie se me pegaba, como una lapa, y me decía:
– ¡No, no! Yo no me voy sin ti. Si tienes que quedarte, yo me quedaré
también. No sería justo.
Estuvimos un rato sin intercambiar una palabra, escuchando…,
escuchando con toda atención. De vez en cuando, tratábamos de animarnos
diciendo cosas que sabíamos que no eran ciertas.
– Tal vez no vuelva hasta que sea de día y para entonces alguien nos
habrá encontrado.
¿Pero quién iba a venir a una casa abandonada en medio del
bosque? Él era, sin duda, el único que conocía la existencia de aquella casa.
– Tal vez no vuelva más.
Pero si no pensaba volver, no se habría tomado la molestia de atarla
de esa manera; los dos lo sabíamos.
– ¿Por qué me querrá matar? Yo nunca le hice nada malo –me dijo
Jeanie.
Yo recordé algo que había oído decir a mi padre cuando
desapareció Millie Adams.
– Es un «camótico» escapado, o algo por el estilo.
– ¿Y qué es eso? -preguntó Jeanie.
Pero no se me ocurría qué contestarle. Yo sólo sabía que mucho
tiempo después la víctima aparecía en el bosque bajo un montón de
periódicos viejos. Pero eso no se lo podía contar a una chica como Jeanie.16
– Creo… que tiran del pelo y cosas así.
– Eso ya lo ha hecho. No dejaba de beber de una botella y cantar
desafinadamente; después me mostró lo afilado que estaba el cuchillo, y
para eso me cortó un rizo, y se lo envolvió en un dedo.
Oímos pasos sobre el pedregal de fuera de la casa, y nos abrazamos
tan fuerte que parecíamos una sola persona.
– ¡Rápido, corre! -le dije al oído.
Jeanie estaba tan asustada que no pudo hablar; se limitó a negar con
la cabeza.
Pasó un momento en el que todo fue silencio y nos hablamos en voz
baja.
– Tal vez es algo que ha caído de los árboles. – A lo mejor se queda
afuera…
Los dos vimos la sombra al mismo tiempo; la luz de la luna le daba de
lleno, y parecía que estaba parado en la puerta del frente, escuchando. Al
principio no se movió; yo le veía con toda claridad los hombros y la
cabeza.
Nos apretamos contra la pared, tratando de permanecer a la sombra;
pero mi pie no salía de su fastidiosa posición y la blusa de Jeanie era tan
blanca…
La sombra empezó a moverse y a acercarse; se iba agrandando como
una mancha de tinta sobre papel secante. Al fin me pareció muy larga,
como si usara zancos. Ahora estaba ya en el vestíbulo, él en persona, y no
su sombra.
– Esconde la cara en mi hombro y no lo mires, así tal vez no nos vea
-le dije con la boca pegada a la oreja. Yo miraba a través del cabello de
Jeanie.17
El piso crujió un poco, lo que me dio a entender que el hombre
empezaba a caminar…, y tal vez a subir la escalera. Parecía un gato, tan
furtivos eran sus movimientos. No nos había visto todavía, ya que venía de
la claridad de la luna. Paso a paso se iba aproximando a nosotros. Jeanie
quiso volver la cabeza, pero yo se la sujeté.
De pronto, el hombre se detuvo y quedó inmóvil. Seguramente
había visto la blusa de Jeanie. Oímos un chasquido, y una luz amarillenta
nos iluminó; no era muy intensa, pero sí lo suficiente para vernos.
No me había engañado: era el hombre que se paraba bajo el toldo.
¿Pero de qué me servía eso ahora? ¡Esos largos brazos, los ojos saltones…!
El tipo sonrió, y dijo:
– ¿Así que mientras me ausenté ha venido un muchachito? ¡Y no
habéis podido escapar…! ¡Ja, ja, ja! -el individuo subió otro escalón-. No
me gustan los pequeños, pero ya que te has tomado la molestia de venir,
tendré que hacer la fosa un poco más grande.
Yo quise sacar el pie de su incómoda posición, y al mismo tiempo
alejarme lo más posible de aquel monstruo. Jeanie estaba hecha un ovillo a
mi lado. Haciendo de tripas corazón, le conminé:
– ¡Váyase! ¡Déjenos en paz! ¡Váyase!
El hombre se acercó más, y ya se inclinaba sobre nosotros cuando
grité:
– ¡Papá! ¡Ven pronto! ¡Papá!
– ¡Sí, llama a tu papaíto! -dijo alargando uno de esos largos brazos,
como para tirar de la blusa de Jeanie-. Llama a tu papaíto. Te encontrará
cortado en pedazos; le mandaré por correo un trozo de tu oreja.
Yo ya no sabía lo que hacía. Le propiné un puntapié con la pierna que
tenía libre, mientras sostenía a Jeanie en los brazos. El golpe lo alcanzó de
lleno en el estómago de forma inesperada para él; lanzó una exclamación:
– ¡Ay !
La pelea continuó; la escalera cruja produciendo ruidos como fuegos
de artificios o una andanada de cañones. En esto, el hombre resbaló y cayó
rodando por la escalera, levantando una nube de polvo. Cuando por fin
pude ver algo, observé que a la escalera le faltaba un buen tramó, aunque no
muy grande como para no poder saltarlo; la baranda estaba colgando, y lo
mejor de todo era que mi pie estaba libre al fin.
El hombre yacía al pie de lo que había sido la escalera, pero no parecía
muy mal herido, ya que estaba tratando de incorporarse. Buscó algo
apresuradamente en los bolsillos, y en una mano apareció un objeto
brillante.
– ¡Pronto, Jeanie, mi pie ya está libre! M le grité, y los dos subimos
rápidamente a gatas.
Nos metimos en la habitación en que había estado Jeanie y
cerramos la puerta. El hombre tenía que subir despacio para que la escalera
no se derrumbara, así que tuvimos tiempo de buscar cosas pesadas con que
atrancar la puerta; desgraciadamente, no había nada que pesara mucho; sólo
encontramos dos cajas vacías.
No podíamos saltar por la ventana porque era muy alta, y Jeanie se
hubiera lastimado; yo mismo me habría roto un brazo en la intentona. Por lo
demás, el hombre no hubiera tenido más que salir para dar con nosotros,
antes de que hubiéramos tenido tiempo de ocultarnos.
Tomando las dos cajas, las pusimos una sobre otra, y nosotros nos
apoyamos en ellas para hacer peso. Podíamos oír al hombre subiendo con
cautela, mientras juraba y nos maldecía. Pasado un momento, percibimos
cómo su ropa rozaba la fina pared que nos separaba. Al llegar arriba soltó 18
una carcajada escalofriante y empezó a empujar la puerta; ésta cedió un
poco, pero nosotros la soportábamos con todas nuestras fuerzas.
Volvió a darle un empujón, pero esta vez no la pudimos cerrar del
todo; yo sentía su aliento, tan cerca de nosotros estaba.
– ¿No deberíamos rezar? -me preguntó Jeanie.
– ¡Sí, sí! ¡Reza! -le contesté yo, mientras seguía empujando.
Jeanie empezó a orar a mis espaldas.
– Si muriera antes de despertar, ruego a Dios que…
El hombre empujó más fuerte, y la puerta se abrió un poco más; ya
no me era posible seguir conteniéndola. Uno de los brazos de aquel
monstruo pasó por la abertura, intentando atraparme.
– ¡Reza más fuerte! ¡Oh, Jeanie, reza para que te oigan! ¡No puedo
más…!
La voz de Jeanie se elevó en un grito.
– ¡SI MURIERA ANTES DE DESPERTAR…!
El último empujón fue el final de todo. Rodamos por el suelo Jeanie, yo,
las cajas, la puerta… Esto nos dio un momento de alivio, porque el hombre
fue a parar al centro de la habitación, y perdió un instante antes de
incorporarse. Yo le lancé una de las cajas, y Jeanie y yo nos separamos,
huyendo cada uno por un lado; él la siguió, blandiendo el cuchillo. Yo me
iba para el vestíbulo, pero tuve que volverme. Jeanie se había equivocado y el
hombre la tenía acorralada. Lo único que hacía la pobre era correr de un
lado para otro frente a las ventanas; el tipo brincaba de un sitio a otro
con el cuchillo en la mano. Jeanie y yo gritábamos como locos; aquella
casa, tan tranquila unos momentos antes, parecía ahora un manicomio.
Tomando una de las cajas se la lancé con todas mis fuerzas; le dio en la
nuca, y por un momento se quedó como atontado. Pero la caja no pesaba
mucho, ya que estaba vacía. Se volvió hacia mí, furioso.
– ¡Dentro de un minuto me ocuparé de ti! -me gritó.
Al decir esto manoteó queriéndome atrapar como si yo fuera un
mosquito. Con el dorso de la mano alcanzó a pegarme en la cabeza; a
consecuencia del golpe fui a dar contra la pared. Vi un cometa con una
cola muy larga en el momento en que me caía al suelo. Lo último que
alcancé a ver fue al hombre en el momento en que le cubría la cabeza a
Jeanie con uno de los sacos que habíamos visto antes. El cometa se fue
haciendo cada vez más brillante, hasta que pareció dividirse en varios, pero
esta vez los veía por la abertura de la puerta; después vi unos hombres que
llevaban unas linternas como la que usa mi padre, y hasta me pareció que
uno de ellos era él. Pero no, no podía ser; sin duda el golpe me hacía
desvariar. Cerré los ojos y creí haberme dormido unos minutos, lo que me
impidió salvar a Jeanie.
Cuando desperté, me pareció que estaba flotando entre el suelo y el
techo; lo mismo le sucedía a Jeanie. Me pareció que los dos nos
balanceábamos en el aire. Pensé que estábamos muertos y convertidos en
ángeles. La realidad era otra. Un hombre tenía en los brazos a Jeanie, y
otro me tenía a mí.
– Cuidado con las escaleras -dijo uno de ellos.
Ninguno de los que venía era mi padre; de pronto, lo vi blandiendo
un cuchillo en la mano, mientras uno que estaba con él trataba de
sujetarlo. Mi padre decía:
– ¡Qué lástima no haber llegado antes! ¡Sin testigos presenciales, no
lo hubiera dejado vivo!
A Jeanie y a mí nos llevaron al médico en cuanto llegamos a la
ciudad; dijo que estábamos bien, sólo que, durante un tiempo, tendríamos 19
pesadillas. Yo me pregunté cómo sabía de antemano qué clase de sueños
tendríamos.
Cuando volvimos a casa le pregunté a mi padre
– Papá, ¿me he portado bien, verdad? ¿Como un verdadero policía?
Mi padre se sacó la insignia y me la prendió en el pijama.
– Pareces un inspector -fue todo lo que me contestó.
¡Ah! Casi me olvido de decir una cosa: a Jeanie ya no le gustan los
caramelos.

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